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El latido somalí de Nairobi: una metáfora del cuerno de África

La Pequeña Mogadiscio, situada en Eastleigh, a 10 minutos de los rascacielos del corazón de Nairobi (Kenia), es una metáfora de la costa Este africana. Una constelación de contrastes en cada esquina, con una nacionalidad, un aroma, un acento diferente que desde hace meses se ha convertido en áspero. El ataque terrorista al centro comercial Westgate del pasado otoño donde murieron al menos 72 personas, y la amenaza creciente del movimiento de resistencia islámica Al-Shabaab en el territorio, han determinado que los medios locales y el Gobierno pongan el foco de atención sobre la población somalí de este barrio. Un estigma que se alimenta de leyendas trasnochadas, rumores y de un boca a boca influenciado por el miedo crónico a los piratas del Índico y a los laboratorios urbanos de terroristas.

Pero el Gobierno sufre amnesia. Lo que antes era un barrio cuidadosamente planificado para una clase media, en gran medida se abandonó a su suerte para que se rehiciera. Así lo hizo contra todos los pronósticos e independientemente de los ciclos económicos y los cambios políticos del país. Y el impulso fue gracias a los somalíes. En medio de las limitaciones de infraestructura y los múltiples conflictos con las autoridades locales, este paréntesis de vida ha crecido hasta convertirse en una urbe autónoma basada en el ensayo y el error, con una gran flexibilidad.

Foto: Sebastián Ruiz

Ahora, con la amenaza dialéctica hacia los turistas y residentes en Nairobi de no pisar este territorio por peligrosidad extrema, es una ciudad de 24 horas, los siete días de la semana: tanto si quieres café o miraa somalí también llamado khat, usado durante siglos en el Cuerno de África y con efectos similares a las anfetaminas; alcohol de fabricación local o sexo barato; ropa de importación o productos electrónicos de origen asiático. En el par de carreteras asfaltadas, en el barro dominante tras la época de lluvias, entre casas de chapa, callejones de tierra o centros comerciales y hoteles, Eastleigh siempre vibra y se mueve en multitud de direcciones.

Existe la amenaza a turistas y lugareños de no pisar la zona por su «peligrosidad extrema»

A lo largo de los años, esta Pequeña Mogadiscio se ha convertido en un lugar donde cada somalí tiene un familiar en su país de origen, en otra coordenada del continente africano o en alguna parte de la diáspora estadounidense o europea. Se ha convertido en el punto de partida de una nueva vida para muchos refugiados somalíes. Y para muchos kenianos que tratan de sintonizar con el éxito de la vecindad. Se ha convertido en uno de los lugares con la mayor proyección internacional de la ciudad. Una zona de entrada ilegal, ideal para moverse por debajo de los radares y pasar inadvertido. Un centro de distribución. Un punto focal para el contrabando, la migración hacia una nueva vida y las redes nacionales y mundiales de comercio que se extienden hasta China.

Huellas somalíes en China

Los somalíes ocupan un lugar ambiguo en el imaginario político de Kenia. Ellos eran los forasteros del norte, que en la independencia de 1963 fueron obligados a una unión forzada. Durante un referéndum constitucional en la víspera del Uhuru (libertad o independencia en swahili), los somalíes que vivian en el Distrito de la Frontera Septentrional de Kenia (NFD) votaron abrumadoramente en contra de ser gobernados por un estado keniano independiente optando, en su lugar, por reunirse con sus parientes de Yibuti (Somalilandia francesa), de la Somalilandia Británica (parte norte del Cuerno de Africa), de lo que fue la Somalilandia Italiana y del Ogadén (Etiopía). Esta reivindicación nacionalista de los cinco territorios queda reflejada en la estrella de cinco puntas de la bandera somalí.

Hammed, professor de una escuela publica y que cursó parte de sus estudios en Estados Unidos, puntualiza, sin embargo, que su bisabuelo ya se podía considerar parte de la primera generación de somalíes en Kenia. “Mi gente abandonó el Cuerno en la década del 1900. Eran pastores del norte de Somalia que siguieron a los aventureros de clase alta británica que volvían a Kenia después de realizar safaris en busca de leones. Ellos actuaron como guías y porteadores”. Estos somalíes abrieron las rutas del heroísmo colonial británico para posteriormente dispersarse por todo el país. Por lo que la cuestión somalí viene de largo en Kenia. Para los somalíes, sin embargo, encerrados en las contradicciones de los nuevos estados descolonizados en la década de los sesenta, se trataba de una situación parcheada que se repitió en otros lugares del continente como Casamance (Senegal) o Biafra (Nigeria). Los reclamos a la libre determinación se resistieron, pero seguirían siendo no deseados, abandonados y perseguidos por los nacionalistas en las nuevas capitales de África que los consideraban como extranjeros.

Foto: Sebastián Ruiz

Mientras, Eastleigh siempre había sido el hogar de una comunidad comercial inmigrante. A principios de la Nairobi colonial, era una ciudad cuyo apartheid racial se llevó a cabo con éxito principalmente a través de las ideas de la higiene y el miedo asociado a la contaminación física –tres episodios de peste bubónica habían convencido a las autoridades de la sabiduría y eficacia de tales medidas–. Una clase comercial emergente india se encontraba asentada al este de la ciudad, en el borde superior de las llanuras cerca del río Nairobi. Eastleigh era literalmente un asentamiento en el otro lado de las vías. A medida que se levantaban gradualmente las restricciones raciales hacia el fin del régimen colonial, a los comerciantes indios se les permitió moverse hacia el oeste –en Parklands–, al otro lado del río, un barrio predominantemente compuesto por asiáticos del Sur.

Es un foco de contrabando, migración y redes de comercio internacional

El enclave, con sus calles de tierra polvorientas bordeadas por hileras de casas de madera con techo de zinc, se convirtió así en el hogar de la clase emergente de los países africanos. Entre ellos, había una pequeña comunidad de comerciantes somalíes predominantemente del antiguo NFD, que en su mayoría eran camioneros. Ellos funcionaron como eslabón en el transporte para la comunidad de comerciantes indios, ahora dispersos por todo el interior de África del Este, y proporcionaron una base social para la avalancha de comerciantes de Mogadiscio y sus familias que llegaron a principios de 1990, cuando Somalia implosionó. En unos pocos años, la población de Eastleigh que albergaba a unas pocas miles de familias principalmente kikuyus (etnia mayoritaria en Kenia), ha pasado a dar cabida a más de 100.000 somalíes.

Comercientes con solera, éxito garantizado

Incapaz de explicar el origen del dinero de este barrio, Nairobi, perpleja, continua en la búsqueda de respuestas. Los medios de comunicación en parte se han unido a esta especulación, y sugieren que el nuevo dinero y expansión de la Pequeña Mogadiscio es producto de la piratería, unido a la amenaza del Islam militante y Al-Shabaab. No obstante, la comunidad somalí vehementemente lo niega. “Somos hombres de negocios legítimos que aborrecemos la piratería”, puntualiza Alfatuh, propietario de una tienda de bisutería. “El Islam militante es malo para el comercio”, subraya Mohamed, de 42 años, en la cafeteria Mashaallah. Pero, ¿cómo se puede explicar si no el aumento repentino de capital?

En primer lugar, Eastleigh no es solo una historia de Somalia. Significa reconocer una diversidad e interconexión con otros países, principalmente Yibuti, Eritrea y Etiopía. Estos dos últimos han tenido una participación importante en el desarrollo de los matatus (transporte púbico) que circulan en la ruta desde el centro de Nairobi hasta Eastleigh. Además, los restaurantes y empresas etíopes son fáciles de encontrar, especialmente alrededor de la décima calle, una zona que podría denominarse como la Pequeña Adis.

El dinero entra a raudales al barrio. La sospecha sobre la piratería en el Índico es una constante

Foto: Sebastián Ruiz

En segundo lugar, la clave para el éxito de Eastleigh son sus conexiones con el norte de Kenia, es decir, la vieja capital del norte del país situada en el centro de Nairobi. En particular, las actividades comerciales de los somalíes kenianos han sido muy importantes en los pasos iniciales que establecieron Eastleigh como el barrio por excelencia de los centros comerciales en Nairobi.

Por último, la idea de una Pequeña Mogadiscio descuida flujos importantes detrás del colapso del Estado en Somalia. El Mogadiscio que existía bajo el regimen de Siad Barre (1969-1991) refleja la dinámica de un Estado centralizado que trabajaba para reforzar su control de las redes de patronazgo. En particular, Barre trabajó para concentrar la actividad empresarial en Mogadiscio.

De hecho, en el ensayo Of Tamarind & Cosmopolitanism, del novelista somalí Nuruddin Farah, queda reflejado cómo uno de los secretos mejor guardados de Mogadiscio fue el complejo comercial conocido localmente como Tamarind Market; un hervidero de estrechas callejuelas llenas de compradores en busca de ropa y bisutería para todo el Cuerno de África y parte de Oriente Medio. Un modelo de éxito. Sin embargo, la destrucción de este mercado en el colapso somalí de 1991 hizo que este modelo se encarnara en Nairobi bajo el nombre de Garissa Hotel, el primer centro comercial de Eastleigh regentado por somalíes. Aunque se quemó con polémica y leyenda incluída, hoy se pueden contar alrededor de 40 centros y una aglomeración de apartamentos residenciales producto de la burbuja inmobiliaria que sufre el país.

Kammel, un hombre alto, flaco, un poco distraído, con voz ronca de un comerciante del mercado que parecía que se había recuperado recientemente de una larga enfermedad, señala a su alrededor. Fue uno de los dueños de los puestos en el original Garissa Hotel. Ahora es un agente inmobiliario en busca de nuevos clientes. “Estábamos haciendo un montón de dinero por aquellos días”, afirma Kammel que estaba especializado en telas. “Yo solía tener una cola en frente de mi tienda, incluso antes de que yo llegara. Queríamos vender y vender. Sin levantar la vista. Mis clientes venían de Ruanda, Uganda, Congo, Tanzania, Mombasa… De todas partes”. Kammel confirma que conseguía unos 2.000 dólares al día.

Foto: Sebastián Ruiz

Los márgenes se han recortado considerablemente desde entonces. Uno de los problemas con el modelo Eastleigh es que todo el mundo está haciendo lo mismo. “No hay diversidad. Además la desregulación y la liberalización del mercado han dado la voz de alarma para que se instalen más comerciantes. Ahora, otras diásporas que operan en una sensibilidad completamente diferente, se están apoderando”, explica preocupada Halima, una gerente de uno de los centros comerciales.

Esta Pequeña Mogadiscio continúa gracias a sistemas como el hawala (transferencia o cable en la jerga bancaria árabe), un canal informal de transferencia de fondos de un lugar a otro a través de proveedores conocidos como hawaladars. Del mismo modo, como puntualiza el antropólogo Paul Goldsmith, que ha seguido de cerca el aumento de capital de la diáspora somalí, la expansión del mercantilismo somalí tiene mucho que ver con el linaje segmentario. Una vez establecidos esos vínculos, los individuos están limitados en un sistema obligatorio de dependencia y responsabilidad. Este sistema de honor, es lo que explica, por ejemplo, cómo el pago de una vieja deuda contraída con un somalí en Brixton (Inglaterra) se convierte en la responsabilidad de un clan entero. El dinero fluye y los víncluos familiares se hacen cada vez mayores.

No cabe duda de que una cierta cantidad de beneficios de la piratería también se han invertido en Kenia y en otros lugares en el este de África. Cualquier auditoría, sin embargo, tendría complicado explicar la expansión de la capital de Somalia en Nairobi antes del auge de los rescates a partir de 2008.

El éxito de lugares como Eastleigh es un testimonio de la capacidad de personas para movilizar conexiones alternativas, trasladarse a diferentes localidades y jugar a desempeñar diferentes roles. Eastleigh no es solo una Somalia de desplazados. Significa un capital de gente con don para los negocios aumentado por los fondos de una diáspora muy dispersa (y sus remesas de dinero). Un capital invertido a lo largo de varias rutas unidas finalmente por el parentesco, la amistad y la solidaridad religiosa. Una red de nodos conectados que sustenta una de las arterias comerciales de África del Este.

Capitán Phillips: el Cinema Verité dice adios a Somalia

Barkhad Abdi, nominado al Oscar al mejor actor secundario

¿Fue finalmente la lotería? La historia acaricia aquello de “el lugar donde uno nace determina en gran medida la proyección de vida futura”. Barkhad Abdi, el joven somalí que interpreta a Abduwali Muse, el líder de los piratas que secuestran un barco con bandera estadounidense en la película Capitán Phillips (2013), tenía catorce años cuando su familia ganó una US Green Card Lottery. Se mudaron a Mineapólis y se instalaron junto a la comunidad somalí de esta ciudad. Trabajaba como conductor de limusinas hasta que se presentó a un casting anunciado por televisión junto a tres compatriotas más. Ahora, una espera diferente, lo sitúa entre los nominados a los Oscar como el Mejor Actor Secundario.

Una vez más, la proyección de Hollywood en el continente africano se basa en una realidad a medias golpeada principalmente por los medios occidentales sobre la piratería en las costas del Índico; en concreto, las de Somalia, la más larga del continente con 3.300 kilometros de longitud. Capitán Phillips es un relato del secuestro en 2009 del MV Maersk Alabama. Un guión basado en hechos reales que refuerza el imaginario de que en el Cuerno de África la esperanza galopa sobre un AK-47 y que la ayuda internacional, entendida como caridad en la película protagonizada por Tom Hanks y dirigida por el británico Paul Greengrass, es imprescindible e incuestionable. Primero en 2001, la industria hollywodiense entraba en Somalia por tierra y aire en Black Hawk Derribado, ahora, doce años después, lo hace por mar. Tiempos de propaganda que no dejan espacio al pataleo para un Cinema Verité.

Momento del asalto al 'MV Maersk Alabama' con los actores somalíes Faysal Ahmed, Mahat Ali y Barkhad Abdirahman.

La película contiene todos los ingredientes de un suspense: ataque a un carguero por un pequeño comando armado de piratas somalíes, rehenes, un puñado de dólares, persecución in extremis, la armada americana que moviliza a varios buques de la marina y un síncope que deja sin aliento al espectador después de una hora y media con el objetivo conseguido: no hay lugar para la reflexión en cuanto a la sinrazón de los jóvenes piratas. Y realizar películas es también hacer una elección.

La escena inicial de la película, envuelve al capitán Phillips en un espacio de confort: una familia, una casa y un futuro cierto. La primera escena que describe a la población costera somalí es una cárcel a cielo abierto amenazada por la mafia y la miseria cuya única alternativa es la piratería aderezada con khat, una planta estimulante que se utiliza tradicionalmente por las comunidades de Etiopía, Kenia, Somalia y Yemen. El transfondo, que se menciona sólo tangencialmente, es que la industria pesquera de Somalia había sido diezmada. Después del colapso por la guerra civil entre diferentes clanes en la década de 1990, la ausencia de un gobierno central fuerte -junto con la indiferencia de la comunidad internacional- se abrió un vacío para los señores de la guerra y los oportunistas. Al mismo compás, arrastreros extranjeros y otros buques con residuos industriales –toxinas nucleares, incluido el uranio– hacían servir esta costa sin control, como vertedero.

La revista Time informó en 2009 de que los somalíes se volvieron piratas después de que los barcos occidentales hicieran imposible la pesca para los pescadores locales que no podían competir con los grandes buques y su última tecnología: “Un informe de las Naciones Unidas en 2006, dijo que, en ausencia de guardacostas en el país, las aguas somalíes se han convertido en el sitio de una organización internacional “libre para todos”, con las flotas pesqueras de todo el mundo saqueando ilegalmente las poblaciones somalíes y congelando a los caladeros locales equipados rudimentariamente. Según otro informe de la ONU, se estima que cada año se roban unos 300 millones de dólares en productos del mar al país”.

Entre tentativas de proteger lo que es de uno y cuestionarse qué modelo es más rentable económicamente, muchos pescadores somalíes desesperados formaron flotillas de vigilantes para ir tras los buques de pesca extranjeros. Una realidad que resultó ser mucho más lucrativa que la pesca. El Banco Mundial (BM) recientemente estimaba que entre 2005 y 2012 se pagaron en rescates aproximadamente entre 339 y 413 millones de dólares. Para este periodo, 179 barcos fueron asaltados. Por lo que en la película, Abduwali Muse no es realmente un pescador: él no tuvo esa opción para empezar.

Dos o tres líneas adicionales de diálogo habrían iluminado al público acerca de la complejidad del problema de la piratería. La simple exposición de las motivaciones de los antagonistas habrían convertido a Capitán Phillips en una película inteligente, una tragedia en la que las fuerzas de oposición son forzadas a un enfrentamiento en el que al menos uno de los lados debe morir. Sin embargo, el director Greengrass se queda lejos del Cinema Verité y ofrece un trabajo moral de David contra Goliat. Cuando haces una película basada en la historia, es imposible incluir todos los detalles. Sin embargo, los hechos de fondo básicos son cruciales para entender la historia. La omisión o girar cuestiones (¿por qué los somalíes recurrieron a la piratería?) los despoja de su contexto. La implementación de un tono didáctico –ese “para todos los públicos”– hace que estas mentiras cinematográficas (los somalíes son pobres y codiciosos ) se hagan creíbles.

Publicado en Wiriko