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Toronto (TIFF), una historia de cines africanos

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Aquí, en la Península, el eco de las noticias sobre los festivales de cine se concentra en el tridente Berlinale, Venecia y Cannes. Desde el otro lado del charco, Sundance (cuna del cine independiente) y la gala de los Oscar mueven a profanos del séptimo arte a mirar los ranking, nominados y, también, los últimos gritos en la moda de la esfera cultural. Pero septiembre deja huella en otro encuentro anual, quizás el festival más importante en el conjunto de América del Norte e igualado en importancia con Cannes: el Festival Internacional de Cine de Toronto (TIFF), en Canadá. Este año del 4 hasta el 14 septiembre.

Esta cita es considerada como una de las paradas serias antes de los Oscar y puede proporcionar algunas pistas de por dónde irán los tiros en los premios que cada febrero otorga la academia norteamericana. Pero además es el único festival (teniendo en cuenta el peso e importancia) donde no hay ni jurado ni reglas de competencia y donde los premios los decide la audiencia, más allá de los galardones especiales otorgados por la crítica o las diferentes organizaciones que se dan cinta en el TIFF. Así que desde 1976, Toronto sigue presumiendo del lema del que hicieron gala sus fundadores William Marshall, Henk van der Kolk y Dusty Cohl, “un festival de festivales”.

El programa de este año tiene una clara presencia de cines africanos así que os dejamos la lista para que le sigáis de cerca la pista a estos realizadores.. En primer lugar, tres de los títulos favoritos de este 2014: Timbuktu, del mauritano Abderrahmane Sissako (Sección Master). Esta película fue presentada en Cannes 2014 como la única película africana en competición y recibió la distinción del Premio del Jurado Ecuménico y el Premio François Chalais. La película también ha sido presentada en el Festival de Cine de Sydney en 2014. Timbuktu es una ficción basada en hechos reales para la cual Sissako se inspiró en la pequeña ciudad de Aguelhok, en Malí, en julio de 2012, donde una pareja de unos treinta años fue apedreada en público por haber tenido hijos fuera del matrimonio. Las otras películas con opciones son Run, del franco-marfileño Philippe Lacôte (sección Discovery) y el documental Examen d’état, del congolés Dieudo Hamadi (sección TIFF Docs) que fue premiada en el Festival Cinéma du Réel de Paris 2014 con los premios de la Scam y de los editores.

En la sección cortometrajes encontramos The Goat, del sudafricano John Trengove (Programa Internacional de Cortometrajes 5), presentada en la sección Generation de la Berlinale 2014 y Chop My Money, un viaje por la República Democrática del Congo (RDC) dirigido por el cineasta estadounidense Theo Anthony (Programa Internacional de Cortometrajes 1). Especial atención mostraremos a la reacción del público con las cuatro películas de la colección Stories Of Our Lives, sobre la represión de la homosexualidad en Kenia, producidas por el sudafricano Steven Markovitz (sección Discovery). Del mismo modo, el documental Beats of the Antonov del reportero de guerra sudanés Hajooj Kuka, y también producido por Steven Markovitz, presentarán al país en el escenario internacional de una forma poco habitual: sones de guerra y día a día mezclado con la cultura local.

Finalmente se podrán visionar placeres como los largometrajes Impunity, del sudafricano Jioyi Mistri (sección Contemporary World Cinema), The Narrow Frame of Midnight, de la marroquí-iraquí Tala Hadid y la película senegalesa Une simple parole de las hermanas Khady and Mariama Sylla. Lamentablemente esta fue la última película de Khady Sylla que murió en octubre 2013 (sección Wavelengths). Antes de su fallecimiento, Lhady dirigió Une fenêtre ouverte, en 2005, y Colobane Express, en 2006.

África con honores en Cannes y Seattle

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Cartel diseñado por Hervé Chigioni y su grafista Gilles Frappier para la 67ª edidicón del festival de Cannes. Un fotograma de la película ‘Ocho y medio’ de Fellini en la que aparece el actor italiano Macello Mastroianni.

El Seattle International Film Festival (SIFF) junto a la prestigiosa cuna de los premios franceses, el Festival de Cannes, ya tienen las nominaciones oficiales, los programas de mano y las carteleras abiertas a la crítica encarnada o complaciente. Por el lado estadounidense una sección dedicada a los trabajos más actuales en la escena africana brindará una más que magnífica oportunidad para ver una muestra de las cinematografías del continente; en concreto 10 películas. Del lado francés, la huella africana es limitada aunque con un peso evidente. En la Selección Oficial, la única película seleccionada para optar a la Palma de Oro es Timbuktu del mauritano Abderrahmane Sissako; en la sección Una cierta mirada el trabajo nominado es Run, la ópera prima del marfileño Philippe Lacôte; por último, uno de los miembros del jurado de la Cinéfondation y de la Sección de cortometrajes, que este año preside el iraní Abbas Kiarostami (Irán), es el director del Chad Mahamat-Saleh Haroun.

Sin dejar las nieves berlinesas en el recuerdo allá por febrero, la organización de la, siempre obligada, 67ª edición de Cannes que se celebrará del 14 al 25 de mayo, apuntaba al romance eterno con el cartel de este año: una colaboración de Hervé Chigioni y su grafista Gilles Frappier en el que dan vida al sex símbol italiano Macello Mastroianni a partir de un fotograma extraído de la película Ocho y medio de Federico Fellini, presentada en la Selección Oficial en 1963. “Su mirada por encima de sus gafas negras nos hace cómplices de una promesa de alegría cinematográfica mundial”, explica el autor del cartel. “La alegría de vivir juntos el Festival de Cannes”.

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Imagen captada por Arnaud Contreras durante el rodaje de ‘Timbuktu’, película del director mauritano Abderrahmane Sissako seleccionada para optar a la Palma de Oro en el festival de Cannes.

Con la alfombra roja preparada a 26 días del estreno de Cannes la presentación del nuevo trabajo del director mauritano Sissako se espera con impaciencia. El lenguaje retórico cargado de silencios, característicos de su cinematografía, se han podido ver en diferentes ediciones como en la de 2006 con Bamako, en 2002 con Heremakono, en 1998 con La vie sur a terre, o en 1993 con Octobre. Este film camina en una línea política y necesaria para la reconciliación histórica: la ocupación de Mali por los yihadistas causando una catarsis social y cultural; una película que pretende recomponer las almas y deshacerse de las imágenes de horror y amputación en esta parte del Sahara.

Juicio marfileño a Francia, en su propia casa

Es la primera vez que Costa de Marfil aterriza en Cannes pero lo hace con la bayoneta de 35mm. preparada. El debut del franco-marfileño Philippe Lacôte con Run para la sección Un cierta mirada, es el resultado del éxito del Atelier du Festival, una iniciativa que se ejecuta durante el festival con el fin de encontrar financiación para proyectos de directores que se encuentran en un estado avanzado de desarrollo. Y el radar de 2012 que seleccionó a Lacôte no se equivocó. Este año, otro africano, el nigeriano Newton Aduaka participará en este “taller” con su proyecto de adaptación de la obra de Helon Habila, Oil on Water.

El primer largometraje de Lacôte, de 42 años, es la primera ficción sobre la crisis político militar que sacudió a Costa de Marfil entre los años 2002 y 2011. La película narra la vida de un adolescente llamado a convertirse en brujo en su pueblo -una especie de curandero tradicional- pero finalmente debe unirse a los «jóvenes patriotas» partidarios de las prácticas violentas del ex presidente Laurent Gbagbo. Run o “Ejecutar” se propone además desempeñar un papel adicional para reactivar el cine de Costa de Marfil, en la actualidad prácticamente sin actividad. Directores vintage reconocidos como Henri Duparc, Gnoan M’Bala, Yeo Kozoloa o Fadika Kramo o han fallecido o llevan inactivos desde hace más de diez años.

De las 80 salas de cine que llegaron a estar activas, actualmente solo 2 están en funcionamiento. Quizás por este motivo el propio Estado marfileño haya subvencionado con un 7% la película, el resto de la financiación proviene de Francia e Israel. En total 1,8 millones de euros invertidos en dar respuesta a cómo se llega a la violencia.

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Fotograma de ‘Run’, película del franco-marfileño Philippe Lacôte.

Seattle y África cada vez más cerca

El festival estadounidense que se celebrará del 15 de mayo al 8 de junio sorprende, un año más, con una sección entera dedicada al cine africano con un total de 10 películas. El programa fue ya un éxito el año pasado ofreciendo algunos de los mejores trabajos de y sobre África que se están realizando en la actualidad.

Y el cartel de este año no es menos excepcional. Os dejamos algunos de los títulos que se proyectarán. Difret (Etiopía, 2014), ganadora del premio del público de Sundance, que cuenta la historia basada en hechos reales de la lucha de una joven contra la tradición de largo recorrido en Etiopía del “matrimonio por secuestro”. Rags and Tatters (Egipto, 2013), llamada “la piedra de toque del post revolucionario cine egipcio” por la revista Variety. Half of a Yellow Sun (Nigeria, 2013) es la adaptación a la gran pantalla por el director Biyi Bandele de la premiada novela de Chimamanda Ngozi Adichie con un reparto estelar encabezado por el nominado al Oscar Chiwetel Ejiofor, 12 años de esclavitud y Thandie Newton. The Rooftops (Argelia 2013), de Merzak Allouache, teje la historia de cinco barrios de Argel en torno a las cinco llamadas diarias a la oración. Finding Fela (EE.UU. 2014), el nuevo documental de Alex Gibney sobre el músico y activista nigeriano Fela Kuti. Y African Metropolis (Kenia, 2013) donde cineastas de todo el continente africano pintan un cuadro vivo de una nueva África urbanizada a través de historias cortas innovadoras que ofrecen las seis principales capitales que se encuentran en rápido crecimiento: Abidján, El Cairo, Dakar, Johanesburgo, Lagos y Nairobi.

El latido somalí de Nairobi: una metáfora del cuerno de África

La Pequeña Mogadiscio, situada en Eastleigh, a 10 minutos de los rascacielos del corazón de Nairobi (Kenia), es una metáfora de la costa Este africana. Una constelación de contrastes en cada esquina, con una nacionalidad, un aroma, un acento diferente que desde hace meses se ha convertido en áspero. El ataque terrorista al centro comercial Westgate del pasado otoño donde murieron al menos 72 personas, y la amenaza creciente del movimiento de resistencia islámica Al-Shabaab en el territorio, han determinado que los medios locales y el Gobierno pongan el foco de atención sobre la población somalí de este barrio. Un estigma que se alimenta de leyendas trasnochadas, rumores y de un boca a boca influenciado por el miedo crónico a los piratas del Índico y a los laboratorios urbanos de terroristas.

Pero el Gobierno sufre amnesia. Lo que antes era un barrio cuidadosamente planificado para una clase media, en gran medida se abandonó a su suerte para que se rehiciera. Así lo hizo contra todos los pronósticos e independientemente de los ciclos económicos y los cambios políticos del país. Y el impulso fue gracias a los somalíes. En medio de las limitaciones de infraestructura y los múltiples conflictos con las autoridades locales, este paréntesis de vida ha crecido hasta convertirse en una urbe autónoma basada en el ensayo y el error, con una gran flexibilidad.

Foto: Sebastián Ruiz

Ahora, con la amenaza dialéctica hacia los turistas y residentes en Nairobi de no pisar este territorio por peligrosidad extrema, es una ciudad de 24 horas, los siete días de la semana: tanto si quieres café o miraa somalí también llamado khat, usado durante siglos en el Cuerno de África y con efectos similares a las anfetaminas; alcohol de fabricación local o sexo barato; ropa de importación o productos electrónicos de origen asiático. En el par de carreteras asfaltadas, en el barro dominante tras la época de lluvias, entre casas de chapa, callejones de tierra o centros comerciales y hoteles, Eastleigh siempre vibra y se mueve en multitud de direcciones.

Existe la amenaza a turistas y lugareños de no pisar la zona por su «peligrosidad extrema»

A lo largo de los años, esta Pequeña Mogadiscio se ha convertido en un lugar donde cada somalí tiene un familiar en su país de origen, en otra coordenada del continente africano o en alguna parte de la diáspora estadounidense o europea. Se ha convertido en el punto de partida de una nueva vida para muchos refugiados somalíes. Y para muchos kenianos que tratan de sintonizar con el éxito de la vecindad. Se ha convertido en uno de los lugares con la mayor proyección internacional de la ciudad. Una zona de entrada ilegal, ideal para moverse por debajo de los radares y pasar inadvertido. Un centro de distribución. Un punto focal para el contrabando, la migración hacia una nueva vida y las redes nacionales y mundiales de comercio que se extienden hasta China.

Huellas somalíes en China

Los somalíes ocupan un lugar ambiguo en el imaginario político de Kenia. Ellos eran los forasteros del norte, que en la independencia de 1963 fueron obligados a una unión forzada. Durante un referéndum constitucional en la víspera del Uhuru (libertad o independencia en swahili), los somalíes que vivian en el Distrito de la Frontera Septentrional de Kenia (NFD) votaron abrumadoramente en contra de ser gobernados por un estado keniano independiente optando, en su lugar, por reunirse con sus parientes de Yibuti (Somalilandia francesa), de la Somalilandia Británica (parte norte del Cuerno de Africa), de lo que fue la Somalilandia Italiana y del Ogadén (Etiopía). Esta reivindicación nacionalista de los cinco territorios queda reflejada en la estrella de cinco puntas de la bandera somalí.

Hammed, professor de una escuela publica y que cursó parte de sus estudios en Estados Unidos, puntualiza, sin embargo, que su bisabuelo ya se podía considerar parte de la primera generación de somalíes en Kenia. “Mi gente abandonó el Cuerno en la década del 1900. Eran pastores del norte de Somalia que siguieron a los aventureros de clase alta británica que volvían a Kenia después de realizar safaris en busca de leones. Ellos actuaron como guías y porteadores”. Estos somalíes abrieron las rutas del heroísmo colonial británico para posteriormente dispersarse por todo el país. Por lo que la cuestión somalí viene de largo en Kenia. Para los somalíes, sin embargo, encerrados en las contradicciones de los nuevos estados descolonizados en la década de los sesenta, se trataba de una situación parcheada que se repitió en otros lugares del continente como Casamance (Senegal) o Biafra (Nigeria). Los reclamos a la libre determinación se resistieron, pero seguirían siendo no deseados, abandonados y perseguidos por los nacionalistas en las nuevas capitales de África que los consideraban como extranjeros.

Foto: Sebastián Ruiz

Mientras, Eastleigh siempre había sido el hogar de una comunidad comercial inmigrante. A principios de la Nairobi colonial, era una ciudad cuyo apartheid racial se llevó a cabo con éxito principalmente a través de las ideas de la higiene y el miedo asociado a la contaminación física –tres episodios de peste bubónica habían convencido a las autoridades de la sabiduría y eficacia de tales medidas–. Una clase comercial emergente india se encontraba asentada al este de la ciudad, en el borde superior de las llanuras cerca del río Nairobi. Eastleigh era literalmente un asentamiento en el otro lado de las vías. A medida que se levantaban gradualmente las restricciones raciales hacia el fin del régimen colonial, a los comerciantes indios se les permitió moverse hacia el oeste –en Parklands–, al otro lado del río, un barrio predominantemente compuesto por asiáticos del Sur.

Es un foco de contrabando, migración y redes de comercio internacional

El enclave, con sus calles de tierra polvorientas bordeadas por hileras de casas de madera con techo de zinc, se convirtió así en el hogar de la clase emergente de los países africanos. Entre ellos, había una pequeña comunidad de comerciantes somalíes predominantemente del antiguo NFD, que en su mayoría eran camioneros. Ellos funcionaron como eslabón en el transporte para la comunidad de comerciantes indios, ahora dispersos por todo el interior de África del Este, y proporcionaron una base social para la avalancha de comerciantes de Mogadiscio y sus familias que llegaron a principios de 1990, cuando Somalia implosionó. En unos pocos años, la población de Eastleigh que albergaba a unas pocas miles de familias principalmente kikuyus (etnia mayoritaria en Kenia), ha pasado a dar cabida a más de 100.000 somalíes.

Comercientes con solera, éxito garantizado

Incapaz de explicar el origen del dinero de este barrio, Nairobi, perpleja, continua en la búsqueda de respuestas. Los medios de comunicación en parte se han unido a esta especulación, y sugieren que el nuevo dinero y expansión de la Pequeña Mogadiscio es producto de la piratería, unido a la amenaza del Islam militante y Al-Shabaab. No obstante, la comunidad somalí vehementemente lo niega. “Somos hombres de negocios legítimos que aborrecemos la piratería”, puntualiza Alfatuh, propietario de una tienda de bisutería. “El Islam militante es malo para el comercio”, subraya Mohamed, de 42 años, en la cafeteria Mashaallah. Pero, ¿cómo se puede explicar si no el aumento repentino de capital?

En primer lugar, Eastleigh no es solo una historia de Somalia. Significa reconocer una diversidad e interconexión con otros países, principalmente Yibuti, Eritrea y Etiopía. Estos dos últimos han tenido una participación importante en el desarrollo de los matatus (transporte púbico) que circulan en la ruta desde el centro de Nairobi hasta Eastleigh. Además, los restaurantes y empresas etíopes son fáciles de encontrar, especialmente alrededor de la décima calle, una zona que podría denominarse como la Pequeña Adis.

El dinero entra a raudales al barrio. La sospecha sobre la piratería en el Índico es una constante

Foto: Sebastián Ruiz

En segundo lugar, la clave para el éxito de Eastleigh son sus conexiones con el norte de Kenia, es decir, la vieja capital del norte del país situada en el centro de Nairobi. En particular, las actividades comerciales de los somalíes kenianos han sido muy importantes en los pasos iniciales que establecieron Eastleigh como el barrio por excelencia de los centros comerciales en Nairobi.

Por último, la idea de una Pequeña Mogadiscio descuida flujos importantes detrás del colapso del Estado en Somalia. El Mogadiscio que existía bajo el regimen de Siad Barre (1969-1991) refleja la dinámica de un Estado centralizado que trabajaba para reforzar su control de las redes de patronazgo. En particular, Barre trabajó para concentrar la actividad empresarial en Mogadiscio.

De hecho, en el ensayo Of Tamarind & Cosmopolitanism, del novelista somalí Nuruddin Farah, queda reflejado cómo uno de los secretos mejor guardados de Mogadiscio fue el complejo comercial conocido localmente como Tamarind Market; un hervidero de estrechas callejuelas llenas de compradores en busca de ropa y bisutería para todo el Cuerno de África y parte de Oriente Medio. Un modelo de éxito. Sin embargo, la destrucción de este mercado en el colapso somalí de 1991 hizo que este modelo se encarnara en Nairobi bajo el nombre de Garissa Hotel, el primer centro comercial de Eastleigh regentado por somalíes. Aunque se quemó con polémica y leyenda incluída, hoy se pueden contar alrededor de 40 centros y una aglomeración de apartamentos residenciales producto de la burbuja inmobiliaria que sufre el país.

Kammel, un hombre alto, flaco, un poco distraído, con voz ronca de un comerciante del mercado que parecía que se había recuperado recientemente de una larga enfermedad, señala a su alrededor. Fue uno de los dueños de los puestos en el original Garissa Hotel. Ahora es un agente inmobiliario en busca de nuevos clientes. “Estábamos haciendo un montón de dinero por aquellos días”, afirma Kammel que estaba especializado en telas. “Yo solía tener una cola en frente de mi tienda, incluso antes de que yo llegara. Queríamos vender y vender. Sin levantar la vista. Mis clientes venían de Ruanda, Uganda, Congo, Tanzania, Mombasa… De todas partes”. Kammel confirma que conseguía unos 2.000 dólares al día.

Foto: Sebastián Ruiz

Los márgenes se han recortado considerablemente desde entonces. Uno de los problemas con el modelo Eastleigh es que todo el mundo está haciendo lo mismo. “No hay diversidad. Además la desregulación y la liberalización del mercado han dado la voz de alarma para que se instalen más comerciantes. Ahora, otras diásporas que operan en una sensibilidad completamente diferente, se están apoderando”, explica preocupada Halima, una gerente de uno de los centros comerciales.

Esta Pequeña Mogadiscio continúa gracias a sistemas como el hawala (transferencia o cable en la jerga bancaria árabe), un canal informal de transferencia de fondos de un lugar a otro a través de proveedores conocidos como hawaladars. Del mismo modo, como puntualiza el antropólogo Paul Goldsmith, que ha seguido de cerca el aumento de capital de la diáspora somalí, la expansión del mercantilismo somalí tiene mucho que ver con el linaje segmentario. Una vez establecidos esos vínculos, los individuos están limitados en un sistema obligatorio de dependencia y responsabilidad. Este sistema de honor, es lo que explica, por ejemplo, cómo el pago de una vieja deuda contraída con un somalí en Brixton (Inglaterra) se convierte en la responsabilidad de un clan entero. El dinero fluye y los víncluos familiares se hacen cada vez mayores.

No cabe duda de que una cierta cantidad de beneficios de la piratería también se han invertido en Kenia y en otros lugares en el este de África. Cualquier auditoría, sin embargo, tendría complicado explicar la expansión de la capital de Somalia en Nairobi antes del auge de los rescates a partir de 2008.

El éxito de lugares como Eastleigh es un testimonio de la capacidad de personas para movilizar conexiones alternativas, trasladarse a diferentes localidades y jugar a desempeñar diferentes roles. Eastleigh no es solo una Somalia de desplazados. Significa un capital de gente con don para los negocios aumentado por los fondos de una diáspora muy dispersa (y sus remesas de dinero). Un capital invertido a lo largo de varias rutas unidas finalmente por el parentesco, la amistad y la solidaridad religiosa. Una red de nodos conectados que sustenta una de las arterias comerciales de África del Este.

Entrevista a Binyavanga Wainaina

Binyavanga Wainaina nos habla de su obra y del boom actual de la literatura africana. Explica por qué decidió salir del armario. Carga contra las leyes homófobas que están surgiendo en el continente. Da su punto de vista acerca del «afropolitanismo» y la clase media africana… Diez preguntas que te descubrirán a uno de los escritores más famosos de África.

Más información en Wiriko: http://www.wiriko.org/letras-africanas/entrevista-binyavanga-wainaina/

El cine, ese gran negocio en África del Este

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Banderas de los cinco países que integran la Comunidad de África del Este, más la bandera de la institución.

Más de 130 millones de personas, 5 países (Kenia, Uganda, Ruanda, Burundi y Tanzania) una lengua vehicular, el kisuajili, y una industria, la cinematográfica, que vive uno de los momentos más importantes. El pasado 12 de marzo, la Comunidad de África del Este (EAC) junto a la Cooperación Internacional Alemana (GIZ) convocaron un encuentro de tres días en el Primer Foro Preparatorio de Festivales de Cine y de Cineastas con la intención de integrar a todos los festivales de cine y a sus realizadores en un organismo regional. No ha sido una simple idea. Esta vez, la voluntad política apuesta descaradamente por el sector del cine, o en resumidas cuentas, por la cultura y las industrias creativas.

Mapa político de los países que integran la región de África del Este.

Mapa político de los países que integran la región de África del Este.

Así lo confirmó la Secretaria General Adjunta de la EAC, la ugandesa Jesca Eriyo, quien felicitó a los directores de los festivales de cine de África del Este por “iniciar el proceso de volver a establecer una alianza de festivales y apoyar el esfuerzo de integración regional a través del cine”. Queda claro que la parte política barre para casa y se cuelga el tanto por un acontecimiento de una naturaleza impredecible en el buen sentido de la palabra. Sectores públicos y privados, de la mano, en busca del viejo dorado en el séptimo arte.

Sin embargo, tras una lectura en clave creativa, se puede esperar que las sinergias de esta iniciativa podrían hacer resurgir la visibilidad del cine made in Africa del Este no solo en los festivales del continente y en los de renombre europeo y estadounidense, sino reforzar con contenido local las parrillas de televisión –actualmente con un porcentaje abrumador de programación extranjera– y también las propias carteleras de cine de las capitales: inundadas de Hollywood y Bollywood.

La cultura se ha utilizado para dar forma y para gobernar la identidad, por este motivo, los festivales son percibidos como canales para la re-formación de imágenes. Lugares que otorgan a las comunidades un enfoque creativo, que ayudan a celebrar los logros, a forjar el concepto comunidad y, también, no debemos pasar por alto, que generan un mayor turismo. El cine es una de esas industrias culturales en la región con un gran potencial para crear empleo para los jóvenes como ya ocurre con Ugawood (la industria incipiente ugandesa), Nollywood (la nigeriana y segunda del mundo en número de producciones por delante de Hollywood). Por delante queda camino y la EAC es consciente de los desafíos críticos a los que se enfrenta como las escasa salas de cine, la infraestructura, la financiación o los derechos de autor entre otros. Pero éstas no son insuperables.

Febrero africano en los cines internacionales

berlin2014Llega febrero y Berlín. Como siempre, dos traviesos amantes de la gran pantalla que van de la mano. La presencia inevitable de la 64ª Berlinale en las agendas (del 6 al 14 de este mes) trae de nuevo una película africana con un pronóstico ganador en los diferentes festivales de este 2014. Se trata del film etíope Difret, del director Zeresenay Berhane Mehari, que recientemente se alzaba con el galardón al premio del público en Sundance. Pero febrero también es sinónimo del Festival de Cine Panafricano (PAFF) que arranca el mismo día que el festival berlinés: del 6 al 17. Además os dejamos la selección de películas del Festival de Roterdam en el que había varios títulos con presencia de países al Sur del Sahara. Que lo disfrutéis.

Una 64º Berlinale con escasa presencia africana

Hasta hace unas semanas Zeresenay Berhane Mehari, natural de Etiopía, era un completo desconocido. Nació y se crió en la capital, Adis Abeba, antes de trasladarse a los Estados Unidos para estudiar cine en la Escuela de Artes Cinematográficas de la Universidad de California del Sur, en Los Angeles. Tras esta experiencia fundó la productora Haile Addis Pictures bajo el lema “hacer películas para cambiar la forma de pensar de la gente sobre África”. Un reto. Ahora, con su ópera prima Difret, una de las candidatas a ganar en la sección Panorama de la 64ª Berlinale, cuestiona algunos de los ritos tradicionales de su país.

Basado en acontecimientos reales, la película indaga sobre la posible aparición de la nación en el mundo moderno y sobre qué sucede cuando tradiciones centenarias se rompen y los sistemas de creencias son abandonados. Difret además tiene dos significados: valiente o ser raptada.

La sinopsis lo deja claro: En Addis Abeba, la abogada Meaza Ashenafi ha establecido una red que proporcione una representación legal gratuita a mujeres y niños pobres. Valientemente, ella se enfrenta a todo tipo de hostigamientos por parte de la policía y de los miembros masculinos de gobierno. Sin embargo, Meaza decide ir a por todas cuando se hace cargo del caso de Hirut, una niña de 14 años que ha sido secuestrada y violada de camino de la escuela a casa. La niña escapa disparando a sus verdugos y es acusada de asesinato. Ahora, Hirut se enfrenta a la pena de muerte a pesar de que ella estaba actuando en defensa propia. En algunas zonas rurales de Etiopía, la tradición de ‘Telefa’ o el matrimonio por rapto todavía existe.

Otras dos películas interesantes de la sección Panorama tienen como trasfondo el continente africano aunque con matices: no son made in Africa. La primera de ellas se trata del trabajo del director sueco Göran Hugo Olsson. Una propuesta con un hilo argumental basado en la violencia causada por la descolonización. Olsson, quien ya estuviera en la sección Panorama en 2011 presentando su The Black Power Mixtape 1967-1975 sobre el movimiento de los derechos civiles de los afro-americano, no deja pasar la oportunidad para citar textos críticos como algunos de los pasajes del libro de Frantz Fanon Los condenados de la Tierra en la voz de la cantante Lauryn Hill.

Directora keniana Wanuri Kahiu. Fuente: http://kalamu.com.

Directora keniana Wanuri Kahiu. Fuente: http://kalamu.com.

La sección Panorama presenta un debate interesante de los trabajos seleccionados: o filmes con una clara visión artística que postulan por caminar fuera de los circuitos mainstream, o las películas que apuestan descaradamente por los intereses comerciales. Quizás la misión de esta categoría sea la de construir puentes entre ambas. La otra recomendación que comentábamos camina en este limbo. Se trata de la historia de la fotografía que propone Thomas Allen Harris mostrada desde una perspectiva afroamericana en su trabajo documental Through a Lens Darkly: Black Photographers and the Emergence of a People.

No queremos dejar pasar la oportunidad para mencionar que en el mercado de coproducción 2014 (Berlinale Co-Production Market) se encuentra una directora keniana y de la que ya hablamos en nuestra serie Afrofuturismo. Ella es Wanuri Kahiu que presenta Jambula Tree, de la productora Big World Cinema, una coproducción entre Sudáfrica y Kenia. Kahiu, quien dirigiera Pumzi (2009), tiene como productor al sudafricano Steven Markovitz quien también produjera la premiada ¡Viva Riva! (2010) del director congolés Djo Tunda Wa Munga.

La trama en Jambula Tree (basada en un relato corto de la ugandesa Monica Arac de Nyeko ganador del Premio Caine de cuentos en 2007) se mantienen en secreto hasta ahora, aunque en términos generales se centra en dos niñas kenianas que tienen que afrontar dos caminos diferentes en la vida.

África se cuela en Roterdam

El Festival Internacional de Cine de Rotterdam este año ha seleccionado un elenco muy variado de películas realizadas al Sur del Sahara: Uganda, Tanzania, Nigeria, Etiopía, Somalia, Sudáfrica y Kenia. Todo un regalo para los cinéfilos africanistas. La primera de ellas ha sido Walk With Me de Johan Oettinger y Peter Tukei Muhumuza. Una coproducción entre Uganda y Dinamarca que basa la historia en un complejo cortometraje, a veces oscuro, que combina con habilidad las técnicas de cine de animación y del largometraje.

El Limpiabotas, de Amil Shivji, viene desde Tanzania. Una colorida comedia con toques críticos sobre la sociedad de Dar-es-Salaam, la ciudad del director. La historia se desarrolla en una calle donde un limpiabotas y el dueño de un bar simbolizan el resto del mundo.

B for Boy del nigeriano Chika Anadu. Un drama que se opone a las tendencias más comerciales de Nollywood. En este trabajo de Anadu, busca en una narrativa contemporánea esbozar el perfil de una mujer que toma medidas extremas para «darle» a su marido un hijo.

Berea del sudafricano Vincent Moloi. La historia cuenta que mucho después de que los amigos y familiares se hubieran marchado de un conocido suburbio de Johanesburgo, el jubilado judío Aaron Zukerman continúa viviendo en su rutina cada vez más pequeña. Sin embargo, una inesperada visita el viernes rompe la monotonía de Aarón y pone en marcha la una nueva y cautelosa realidad.

Chigger Ale (Fanta Piña) una coproducción entre Etiopía y España. Una película que ya se ha proyectado en diversos festivales como el Festival Internacional de Cine de Monterrey (México), el Milano Film Festival (Italia), el Islantilla Cineforum (España), el Belo Horizonte Film Festival (Brasil),el Uppsala Short Film Festival (Suecia), el Cinema Rio de Janeiro (Brasil), el Almería en Corto (España) o el ZINEBI de Bilbao (España). La sinopsis es la siguiente: la gente está bailando en el bar del barrio Fendika en Adis Abeba, pero se quedan en silencio cuando Hitler camina. Es una broma de un vecino pero el bigote falso le causará varios probelmas.

A Hole in the Sky de Antonio Tibaldi y Alex Lora, es una película coproducida entre Somalia y Francia, que ofrece un documento reflexivo sobre las tradiciones en Somalia. Una niña de una zona rural acepta que su cultura le exija que tiene que hacer un gran sacrificio. El límite entre la realidad y la ficción se disuelve gracias a la voz en off poético.

Ni sisi del londinense Nick Reding significa en kisuajili “somos nosotros”. Este film del que ya os hablamos en Wiriko, en kisuajili y sheng -con subtítulos en inglés-, ha contado en las filas del reparto con el famoso actor Joseph ‘Babu Wairimu’ (protagonista de Nairobi Half Life). Producida por la ONG keniano-británica S.A.F.E, que trabaja en las áreas mas deprimidas del país. El trabajo es una adaptación de la homónima obra de teatro que se ha podido ver desde 2011 por las calles de todo el país. En clave de humor ácido, se revive el terror que azotó el país tras las elecciones de 2007, para tratar cuestiones como la identidad keniana, el empoderamiento juvenil, el perdón o la responsabilidad.

Cine made in Africa en tu bolsillo ¿nuevo modelo?

Todo comenzó en 2011 cuando el equipo de Fans Connect Limited con sede en Lagos (Nigeria) ganaron con su Afrinolly la categoría a la mejor aplicación de entretenimiento en el concurso Google Android Developer Challenge. El premio eran 25.000$ (algo más de 18.000€) y el objetivo, con toda la miga, era hacer de su lema una realidad: “Creado por africanos para ser visto en todo el mundo”. Y lo han conseguido convirtiendo esta App en la aplicación de entretenimiento diseñada y desarrollada en África más descargada del continente con más de 3 millones de usuarios. Sí. Afrinolly permite ver películas de Nollywood, largometrajes del resto de África, cortometrajes, trailers, videos musicales así como las noticias más recientes sobre el ámbito cultural. ¿Lo mejor? Que lo llevas en tu bolsillo.

Por si no fuera poco, estos nigerianos apoyados por la sudafricana MTN, Blackberry, Irepresent International Documentary Film Festival y el Instituto Goethe crearon el año pasado el primer concurso para todos los africanos (también pensado para los de la diáspora) que quisieran enviar un corto de ficción o documental de no más de 15 minutos. Éste era el único requisito indispensable además de que todas las películas que no fueran en inglés tuvieran subtítulos en esta lengua. Y ayer, 23 de enero, se conocían los ganadores de la segunda edición en la que se han presentado más de 400 trabajos. Al igual que ocurrió con la primera edición, los ganadores en ambas categorías del tercer premio serán premiados con 5.000 dólares, los que han quedado en segundo lugar se llevarán 10.000 dólares, mientras que los ganadores del primer premio recibirán 25.000 dólares.

Y ahora a los detalles de este concurso pionero: el Afrinolly short film competition. En la categoría de ficción el namibio Florian Schott se ha alzado con el máximo premio con un guión a caballo entre la acción y la comedia en su Everything Happens for a Reason (2013). El segundo puesto ha sido para el nigeriano Daniel Etim con su Crimson – Your Cup of Tea (2013). Sin duda, un proyecto interesantísimo el de Crimson que bajo el formato de web serie de suspense se ha inspirado en la necesidad de arrojar luz sobre algunos de los días más oscuros de la historia de Nigeria, y de la necesidad de celebrar la libertad de información y de fortalecer el periodismo de investigación. Your Cup of Tea es el segundo capítulo disponible en Youtube a la espera de la tercera y última entrega. El tercer premio en la categoría de ficicón ha sido para la también web serie nigeriana 10:10 (2013), de calidad bastante cuestionable aunque con algunos guiños interesantes al género thriller.

Primer premio corto ficción > Namibia

En la categoría documental, el primer premio ha sido para Creative Minds (2013) del nigeriano afincado en Ucrania Victor Okoye. Una película interesante con la reflexión impuesta que otorga la diáspora sobre unos jóvenes nigerianos que intentan buscarse su futuro. El segundo premio ha sido para Awele’s Diary (2013) de la nigeriana Ronke Ogunmakin. un trabajo interesante y conmovedorque se centra en la historia de una joven con anemia. El tercer premio, en la línea de cuestionar conceptos como el de la belleza, ha sido para la keniana Ng’endo Mukii y su Yelow Fever (2012) que recientemente entrevistamos en Wiriko.

Primer premio corto documental > Nigeria

Con la máxima de los padres nigerianos de Afrinolly de “cada año apostar por un peldaño más”, para esta segunda edición del concurso han conseguido asociarse con la plataforma keniana Buni TV para ayudar a promover a los cineastas ganadores en el África del Este. Entre otros entresijos esta alianza refuerza un fuerte compromiso de apoyar a los nuevos talentos cinematográficos del continente y de la diáspora; una oportunidad para posicionarse con ventaja en la posibilidad de mostrar el trabajo de directores africanos fuera de las plataformas occidentales. Lo que está claro es que Afrinolly permanece a la vanguardia de la tecnología y la maximización de opciones móviles para la visualización y distribución de entretenimiento generado por África.

Tras la caja de los sueños kenianos (II): Ng’endo Mukii

Ng'endo Mukii, artista keniana audiovisual y plástica. Foto: Sebastián Ruiz

Ng’endo Mukii, artista keniana audiovisual y plástica. Foto: Sebastián Ruiz

Son las 17.00h. y la keniana Ng’endo Mukii aparece elegante y puntual tras una larga jornada laboral. La cita es en la cafetería Dorman’s, una de las dos cadenas más importantes de Kenia en exportación de café junto a la franquicia Java. Esta artista de técnica mixta que pausa el movimiento para hacerlo poesía animada y reflexiva, volvió definitivamente a su país en noviembre de 2012, después de una larga temporada de formación en el exilio; aunque creció en Nairobi.

Durante estos años en la diáspora ha investigado en el concepto de la piel y de sus implicaciones a menudo distorsionadas; de una idea de belleza globalizada que ha creado aspiraciones homogéneas y alterado la imagen de las propias personas a lo largo del mundo; de una visualización casi esquizofrénica del propio “yo”. Una mirada crítica que ha observado las vertiginosas transformaciones de su ciudad que recientemente festejaba los 50 años de independencia. “Recuerdo cuando volví de estar en la escuela después de muchos años fuera. Uno de los cambios que observé fue que la propaganda en la televisión había disminuido en el único canal que veíamos dejando espacio a una proliferación de cadenas. Digitalmente hemos progresado mucho. De hecho, yo ahora no tendría trabajo si este cambio no se hubiera producido”, explica Mukii.

Entre sus éxitos se encuentra el reconocido y multipremiado cortometraje Yellow Fever (Fiebre Amarilla), en el que a través de entrevistas explora la forma en la que los medios de comunicación afectan a la mirada que tienen las mujeres sobre sí mismas –especialmente las africanas– así como la representación eurocéntrica del concepto de la belleza femenina. Mukii fue una de las cinco ganadoras del Focus Features Africa First Short Film Program, una iniciativa que apoya a películas que aspiran a la excelencia artística con cuyo premio se encuentra trabajando en su próxima película, The Teapot(La Tetera). Actualmente, Yellow Fever se encuentra seleccionado en la categoría a mejor documental en el concurso online de cine Afrinolly Short Film Competion (y se puede votar hasta el 17 de enero).

Entonces, ¿es o no un buen momento para los artistas del país? “Bueno, aunque tengo muchos amigos que están trabajando fuera, ahora hay la posibilidad de solicitar préstamos para invertir en tus estudios y después devolverlo a un interés de un 8%”.

Y durante tu formación en el extranjero ¿con qué dificultades te enfrentaste, cuáles fueron los estereotipos a los que tuviste que hacer frente como artista? Mukii, reflexiona un momento. “El esterotipo que más me ha molestado, de hecho, no ha sido necesariamente negativo, sino el hecho de que por mi color de piel tenga que conectar necesariamente con cualquier otra persona de mi mismo color de piel; es decir, por el mero hecho de ser negro. Hay tantas otras cosas con las que conectar… No por el mero hecho de ser kikuyu tengo que conectar con otro kikuyo. Y con el hecho de ser negro, pasa lo mismo”.

Ng'endo Mukii. Foto: Sebastián Ruiz

Ng’endo Mukii. Foto: Sebastián Ruiz

En este sentido, a veces se da una idea preconcebida y estereotipada sobre los directores africanos: “Si eres artista africano tienes que hablar sobre los problemas sociales de tu comunidad”. Como directora, ¿te sientes cómoda con esta afirmación? “Está claro que si vas a un festival y lo único que te encuentras sobre cine africano son películas sociales, vas a creer que lo único que se puede hacer en África es esto… Pero, por ejemplo, también hay ciencia ficción aunque ese no sea mi campo”, reivindica la artista keniana con una mirada tranquila.

Ng’endo, especialmente en Yelow Fever muestras una crítica sobre la universalidad del concepto de belleza. En tu opinión, ¿cuáles son los peligros de una cultura homogeneizada? “Especialmente en EEUU y Europa tienes a todo un grupo de jóvenes con bulimia y anorexia por culpa de esta idea homogénea de la belleza. Y en África también está presente. Tienes la idea del pelo lacio, pero sobre todo, la idea de que la piel clara es un sinónimo de belleza…. ¡Me aterroriza! Aquí existen unos productos químicos muy peligrosos que las chicas utilizan para blanquear su piel quedando enganchadas de por vida (porque una vez dejan de utilizarlos su color natural vuelve a aparecer). Esto puede provocar cáncer y otros muchos tipos de enfermedades. ¡Es muy peligroso! Afortunadamente, la belleza no está basada ni en el color de la piel, ni en si tienes el cabello liso o rizado. Tenemos que darnos cuenta de que existen más opciones. Y más cuando te afecta negativamente”.

Y el nombre de tu trabajo, ¿de dónde viene? “Yellow Fever viene de una canción muy famosa de Fela Kuti que habla precisamente sobre las mujeres que se quieren volver blancas. Hay una anécdota que me sucedió cuando fui a Nigeria referente al blanqueamiento de piel. En el aeropuerto me pararon dos mujeres de seguridad y me hicieron abrir la maleta. Estaban muy interesadas en hacerme sacar ese gran bote de crema hidratante que habían visto a través del escáner y me advirtieron que tendría que dejarlo allí. Cuando las miré a sus ojos… ¡Parecían tan hambrientas! Después pudieron observar que el bote sólo era mantequilla de karité –explica expresiva con las manos Ng’endo–. Y me dijeron: –Olvídate de este control de seguridad… Esto puede pasar, pero ¿sabes que la matequilla de karité te vuelve más negra de lo que eres?–. Me hizo mucha gracia porque he utilizado este producto durante toda mi vida y mi color de piel, creo, no ha cambiado nada”, ríe a carcajadas.

Portada del disco de Fela Kuti titulado Yellow Fever.

Portada del disco de Fela Kuti titulado Yellow Fever.

“En realidad, no creo que esto sea tan diferente de la anorexia o la bulimia. Lo mismo pasa con los blancos occidentales que maltratan su piel con horas de solarium artificial, y que se dejan quemar por el sol con autobronceadores cancerígenos. Sinceramente, creo que parte de la culpa la tienen las estrellas que en pleno invierno lucen un bronceado caribeño porque han estado en las islas Caimán. –Suspira–. Es como en el show televisivo que se llama Jersey Shore donde todas las blancas que salen ¡son más ocuras de piel que yo! Esto me confunde mucho….”, ríe.

“Creo que todo el tema del color tiene que ver con la clase social que muestras. Antes, el pálido era sinónimo de pureza y el oscuro era sinónimo de la clase obrera. Ahora, los blancos bronceados muestran que han pasado muchas horas al sol (es decir, de vacaciones)”.

Sinceramente pienso que para hacer Yellow Fever, te convertiste en una científica social, en una etnógrafa. ¿Cuál ha sido tu experiencia en este terreno? “Jaja… Bueno, no creo que mi investigación haya dado tanto para adquirir ese estatus. Pero sí. Es verdad que en mi tesis de trabajo he comparado los procesos de la taxidermia y del cine etnográfico. Di con el caso de la sudafricana Sarah Baartman y con las extravagancias de la taxidermia europea del s.XIX. En términos de búsqueda para mi investigación me di cuenta de que había un montón de filmografía que reflejaba el tema del color de la piel pero no tanto desde nuestra perspectiva; sobre todo en el terreno de la mujer africana y el concepto de belleza. De esta forma decidí hacer el film Yellow Fever. Estuve entrevistando a tres generaciones de mujeres de mi familia y me di cuenta de que mi sobrina pequeña me hablaba de un compañero de clase excepcional, que era el más popular… Y, ¿sabes? Todo esto porque su color de piel era medio blanco”.

Hablemos ahora sobre tu película Dust, que trata sobre el Apartheid. Ahora que nos encontramos en la época post Mandela: ¿Crees que el cine camina en la línea que marcó el líder sudafricano y sirve como una herramienta de liberación?

Ng'endo Mukii. Foto: Sebastián Ruiz

Ng’endo Mukii. Foto: Sebastián Ruiz

“Cuando un keniano sale a Tanzania se siente como en casa, pero cuando vas a Sudáfrica e intentas hablar con alguien en Kisuajili, ves la mirada atónita de los interlocutores… Precisamente, esto fue lo que nos pasó cuando fuimos a Sudáfrica con mi familia para el mundial de fútbol en 2010. Llegamos a Durban y en la cola de una baños me empezaron a hablar en zulú. Al ver que no las entendía me empezaron a a hablar en otra lengua local y entonces les respodí en inglés: –No soy de aquí. Y me preguntó una chica: –¿Si no eres sudafricana, entonces de dónde eres?–. Y yo le respondí: –Fuera de Sudáfrica hay todo un continente de donde puedo provenir a parte del resto del mundo, claro. Pero soy de Kenia. Y La chica insitió: –¿Pero cómo carajo has llegado hasta aquí?–. La pregunta me sorprendió mucho y le respondí: Hay un mundial de fútbol y africanos de otras partes del continente están llegando, a parte de que se da la casualidad de que en Kenia, también hablamos inglés”, explica Ng’endo recordando la anécdota mientras continúa.

“En Kenia tenemos un montón de productos sudafricanos: cervezas, pizzas… Pero la relación se queda en lo comercial. Creo que todo esto es una consecuencia del apartheid: una clausura de mentes, un complejo de superioridad. Pero en Kenia también sucede. Puedes encontrarte a mucha gente que idolatra a los indios (con larga tradición en el comercio en la cosa de África de Este) y a los ingleses. Son pensamientos que pasan de padres a hijos. Después de todo, no hace tanto que hemos salido de la colonización. Hay cosas que permancen durante generaciones. Así que no me extraña que en Sudáfrica, y estoy generalizando, ocurra esto. Al fin y al cabo es un país gigante, tienen de todo. ¿Para qué salir fuera? ¿Qué pueden obtener de Kenia que no tengan allí? Nosotros vamos allí porque hay cosas que no tenemos; hay más oportunidades. Aunque quizás sí…. Podríamos venderles un viaje al Kilimanjaro… O un tour por las cataratas Victoria (Zambia)… Sería una forma de hacerlos salir. Y el cine actúa, sin duda, como una herramienta de evasión”.

Para terminar. ¿En qué te encuentras trabajando ahora?

“Se llama The Teapot y está basado en la historia real de un encuentro con un amigo para tomar el té y donde, un tercer personaje, me agredió y desafió intelectualmente haciéndome preguntas como: –¿No conoces la teoría de tal o de cuál? Pensaba que en la escuela de arte os enseñaban tal cosa o tal otra…–. Mientras, ¡yo no sabía de qué me estaba hablando! Me sentí como si me cogiera el cerebro, lo diseccionara y lo cortara en pedacitos para poder encontrar algo en lo que fallase. Así que mi concepto del The Teapot se inspira en esa experiencia y consiste en hacer de las interacciones emocionales, imágenes visuales. El personaje principal de mi historia se desplaza desde el barrio de Karen (en Nairobi) hasta el centro de la ciudad para tomar el té y en cada emoción que experimenta al subir al bus, al intercambiar una mirada, etc., hay elementos visuales que se ciernen sobre el personaje.

¿Y la financiación?

“Tengo subvenciones para este trabajo, pero estoy pendiente de saber si puedo tener más dinero. Creo que voy a tardar más que en Yellow Fever, donde tuve que invertir dinero de mi bolsillo. Sinceramente, necesitaría un productor que se encargase de estas cosas para poder centrarme 100% en el arte”.

……

Más información sobre Ng’endo Mukii en su web, Facebook o Vimeo.

Puedes votar a Yellow Fever hasta el 17 de enero como mejor documental para el concurso Afrinolly Short Film Competion aquí

Imagen del trabajo de la keniana Ng'endo Mukii 'Yellow Fever'.

Imagen del trabajo de la keniana Ng’endo Mukii ‘Yellow Fever’.

 

El negocio de los contenidos en la televisión digital africana

Está por ver si la televisión digital llegará con la misma intensidad y variedad a las zonas rurales. Fuente: All Africa.

Es la letra pequeña entre tanta pomposidad mediática por el paso obligado de la televisión analógica a la digital en África. Pero primero, los titulares. Canales a la carta, de pago y en lenguas locales.

DISCOP AFRICA (6-8 de noviembre), el principal mercado de contenidos de televisión y foro de coproducción que tiene lugar en el continente, clausuraba en Johannesburgo (Sudáfrica) su octava edición con un aumento de la participación de un 18% respecto al año anterior. Las cifras hablan por sí solas: 670 delegados de empresas y más de 300 estaciones de televisión y plataformas de televisión de pago que llegaban a este foro para adquirir contenido. Entre los acontecimientos que tuvieron lugar destaca el acuerdo histórico entre la Distribución Internacional de Cine y Ficción de África (DIFFA) y la sudafricana M-Net –red de habla inglesa–, para emitir por primera vez una serie francófona producida por la maliense Brico Fims: Los Reyes de Ségou, un total de 41 capítulos con una duración de 26 minutos.

El otro evento destacado también tuvo lugar en noviembre (11-14) y en Sudáfrica, en concreto, en Ciudad del Cabo. Se trata del Africa Cast, tres días de conferencias sobre el sector de la comunicación en el que para esta edición se han invitado a 45 profesionales de todo el mundo para que expongan sus pronósticos e investigaciones en la materia.

Tanto DISCOP AFRICA como Africa Cast se enmarcan en una línea que, lejos de ser nueva, sí que es de plena actualidad en el continente. A mediados de julio, 124 participantes de 35 Estados se reunían en Nairobi en la tercera y última reunión global de coordinación de los países africanos, después de reuniones similares en Bamako (marzo de 2011) y Kampala (abril de 2011), para poner fecha al apagón analógico que tendrá lugar en junio de 2015, para el UHF, y en Junio de 2020, para el VHF en 33 países. De esta forma, África se convertirá en la primera región que, a partir de 2015, podrá atribuir anchura de banda liberada por la transición a la televisión digital, el llamado dividendo digital, al servicio móvil en las bandas de 700 MHz y 800 MHz. Es decir, más capacidad para albergar más información y en menos espacio.

Mientras que los grandes productores de contenidos tanto africanos como internacionales pugnan por llegar a este dorado de la transformación digital del panorama africano y se reúnen en conferencias que fijan el precio de los contenidos, las leyes contra la libertad de prensa, especialmente en lo referente a los periódicos, se endurecen por cumplir una de la máximas del periodismo: informar y controlar al poder político.

En mayo, la policía nacional de Uganda tomaba las oficinas del Daily Mirror, el Red Pepper y dos estaciones de radio, Dembe FM y KFM, por haber publicado una carta filtrada en la que quedaba constancia de los planes del presidente Yoweri Museveni: preparar a su hijo para la sucesión en las próximas elecciones en 2016. En agosto, Rodney Sieh, director del periódico independiente FrontPageAfrica, de Liberia, era encarcelado al no pagar la multa por daños y perjuicios por las acusaciones a un ministro que presuntamente estaba malversando fondos públicos. En septiembre, el gobierno tanzano cerraba los diarios Mwananchi y Mtanzania, 14 y 90 días respectivamente, por publicar noticias comprometidas contra la plana mayor del Estado. Hace un mes la noticia era Kenia, cuando el Parlamento aprobaba una ley draconiana en la que se autorizaba la creación de tribunales políticos para periodistas e imposición de duras sanciones después de la cobertura mediática en el atentado del Wesgate y en el que aparecieron imágenes de varios soldados saqueando el centro comercial. Zimbabue, Etiopía, República Democrática del Congo o Sudáfrica también se encuentran en una delgada línea sobre la libertad de informar… Y entonces, ¿se hizo el digital?

Diseño: Sebastián Ruiz

 

Implicaciones y retos

Desde 1995, la industria de la televisión de pago subsahariana ha estado dominada por dos operadores de satélites: DStv y CanalSat. Sin embargo, esta dinámica ha ido cambiando desde que la TDT irrumpió en el continente de forma paulatina. Con la posibilidad de los nuevos canales, la transición digital ofrece un momento clave para hacer frente a la generación de contenido local africano.

En términos económicos, esta reforma estructural podría ofrecer la oportunidad de considerar a los medios como generadores de riqueza. Con la demanda adicional de programación de televisión, los gobiernos y los reguladores podrían fomentar el crecimiento de un sector de la producción local mediante la creación de cuotas de producción como medida transnacional; por ejemplo, que en una franja horaria determinada sólo se emitiera programación local o que un porcentaje de la parrilla fuera autóctono. O, por qué no, respaldar la producción cinematográfica local como sucede actualmente en Kenia, Marruecos y Sudáfrica.

Al igual que en otras regiones, y con excepciones notables, un porcentaje de entre el 80-90% de los contenidos en las televisiones africanas proviene de EEUU y Europa (películas, programas y noticias) y de América Latina (especialmente telenovelas). Esta hegemonía ha tendido a una homogeneización cultural bajo la apariencia de un mercado global. En este sentido, Nollywood (la industria cinematográfica de Nigeria y segunda del mundo en producción) ha demostrado que sus productos son ampliamente vistos por otros países del continente.

Pero la realidad apremia. En una mayoría de países africanos, la televisión tiene un consumo urbano. Las emisoras privadas tienden a ubicarse en las ciudades principalmente por motivos de marketing: es donde se encuentran las audiencias (compradores) que interesan a los anunciantes, mientras que sólo las emisoras públicas tienden a llegar a las comunidades rurales. El riesgo es que finalmente el panorama en 2015 refleje un patrón de cobertura similar; es decir, que los gobiernos tendrán un área de cobertura mayor a nivel nacional, pero el sector privado seguirá centrándose en las áreas urbanas.

Foto: THINKSTOCK

Más de la mitad de la población africana vive en zonas rurales, y más de la mitad de los que viven en zonas urbanas residen en asentamientos que carecen de acceso a la infraestructura y los servicios, incluidas las líneas telefónicas de cobre y cables de fibra óptica básica. Estas son las poblaciones que verán el mayor impacto de las tecnologías.

Aunque no deja de ser una paradoja un matrimonio de conceptos como pobreza y dispositivos de última generación (tablets o smartphones), el mercado emergente para el sector audiovisual africano está en Internet por lo que se facilitarán todos los cauces para ver una película desde cualquier dispositivo, en cualquier lugar y en cualquier momento. Un tablero de juego en el que se han contabilizado aproximadamente 20 empresas de Vídeo Bajo Demanda (VOD) que ofrecen contenidos relacionados con África y que tienen que competir a su vez con un entramado de plataformas internacionales.

En la oferta entran en juego además, la producción de contenido en las lenguas locales. Al igual que las estaciones de radio que desde hace tiempo han comenzado a atender a la diversidad lingüística, el paso definitivo al digital puede suponer la visibilidad para algunos de los más de 2.000 idiomas que se hablan en África, muchos de ellos con un peso identitario arraigado dentro de sus países.

Por cierto, si bien la transición trae consigo retos y oportunidades claras, otros pueden difuminarse entre tanta oferta. En 2010, una comisión de las Naciones Unidas determinaba que para el 2015 más de la mitad de la población mundial tendría acceso a las redes de banda ancha y que el acceso a las redes de alta velocidad se transformaría en un derecho humano básico. Esto sitúa el acento en África, donde sólo el 15,6% de los residentes están conectados. Además, ¿qué ha sido de la iniciativa del Banco Mundial, publicada en septiembre de 2012, sobre el acceso universal a la electricidad? La partida de una supuesta democratización del contenido en las televisiones de pago en África está a punto de comenzar. Lo que no queda tan claro es si todos los jugadores (usuarios y proveedores) podrán hacer uso y disfrute de los beneficios a corto y largo plazo.

*Este artículo ha sido publicado en el boletín de diciembre del Centro de Estudios Africanos de Barcelona.

Kenia: 50 años de emancipación de un modelo roto

Foto: Sebastián Ruiz

“Yo sigo malviviendo. Esta es la magia y la realidad de la mayoría de los kenianos que nos reinventamos cada día para ganar algún chelín. ¿Qué quieres que celebre?”. Desgarra. Es la voz entrecortada de Anne, vendedora ambulante –hoy, de mangos y papayas– nacida en Matahare (Nairobi), uno de los suburbios de la capital. Esta declaración seguramente pueda sintetizar la cara y la cruz de un país que hoy está de fiesta: que al tiempo de barnizar oportunidades para una clase media en aumento, pide limosna en alguna esquina bajo la apariencia de un niño desaliñado; un rincón del mapa en el que las nuevas tecnologías se solapan con la falta de acceso o los cortes frecuentes de electricidad en las zonas rurales; una celebración de unidad aparente mientras que en la región del lago Turkana, los pokot y los turkana han incrementado los enfrentamientos en las últimas semanas; una conmemoración de chaqueta y cuello blanco –especialmente en Nairobi– que contrasta con el “hoy también se trabaja” de los tenderetes de calle.

La emancipación o la lucha anticolonial keniana cumple hoy cincuenta años. Aunque sea más políticamente correcto, de cara a los medios internacionales, hablar de la celebración de medio siglo de independencia: era el 12 de diciembre de 1963, una fecha donde quizás, con el momento actual, el país atesorara más espectativas. Era un receptáculo de esperanzas. El Estado poscolonial que se imaginó durante la década de los sesenta tenía una imagen que alcanzar: la modernización de una constelación social (kambas, kikuyos, luos, merus, etc.) –y que por convención se denominaron hijos de la nación keniana– bajo uno de los lemas más emblemáticos, el Harambee o, todos a una.

En Kenia, no existía ese tejido social que en Europa se ha denominado burguesía y que fue el impulsor del cambio del Antiguo Regímen a las sociedades contemporáneas. Aquí, la idea británica era que el cambio que se produjera debía ser más rápido, más eficiente, y tenía que ser dirigido forzozamente por el nuevo gobierno presidido por Johomo Kenyatta. No iba a ser la sociedad la que cambiara al Estado, aunque la guerra del Mau-Mau fuera el detonante. Más bien al revés: el Estado, gobernado por una pequeña élite vanguardista, tendría la misión de conducir el destino del país.

Foto: Sebastián Ruiz

Ahora, cincuenta años más tarde, la cuadratura del círculo se ha completado. El hijo del padre de la nación, Uhuru Kenyatta, acusado por la Corte Penal Internacional (ICC) por ser uno de los precursores de la violencia post-electoral en diciembre de 2007, formaba el pasado marzo un gobierno mixto de tecnócratas más jóvenes que él, de su propia generación y de la vieja retaguardia. Una declaración de intenciones: pasado, presente y futuro que deberán moldear el lema de la campaña electoral de crear un millón de puestos de trabajo en un año y superar las tasas actuales de crecimiento económico. Un presidente, nacido en el seno de la euforia nacionalista en 1965, que entró en la política como delfín del sucesor de su padre, el ex presidente Arap Moi (1978-2002), y cuyo padrino fue el último jefe de Estado, Mwai Kibaki (2003-2013). Uhuru es ahora el cuarto líder en este juego de tronos. Y en suajili, su nombre significa libertad. ¿Será una nueva etapa?

Sin embargo, entre el frenesí de los matatus (autobuses urbanos), el olor a maíz tostado en barbacoas improvisadas de ladrillos, o el arroz perfumado en cacerolas de latón, el período colonial se deja vislumbrar todavía por la desarticulación que sufre el país tanto de forma geográfica como estructural: geográfica porque la concentración de las actividades de desarrollo se concentran solo en algunas áreas urbanas como Nairobi, Mombasa, Nakuru, Kisumu, Eldoret y Naivasha; y estructural porque la economía se limita a un grupo de actividades económicas enfocadas a la exportación.

De hecho, la columna vertebral de la economía continúa siendo, como en tiempos coloniales, la agricultura, y las cifras de la Oficina Nacional de Estadística de Kenia (KNBS) lo demuestran: el sector aporta un 27% del PIB; un 60% de los trabajadores son empleados en él; y en 2012 creció un 3,8% en comparación al 1,5% en 2011. Entre otros productos, destacan: la producción de té, una de las más importantes del mundo donde el 95% se destina a la exportación –en 2013 se estiman unos beneficios en torno a 1,4 billones de dólares–; el café, que el año pasado produjo 40.000 toneladas de semillas; y la industria de las flores, que emplea a unas 90.000 personas reportando unos beneficios de 1 billón de dólares anuales.

Foto: Sebastián Ruiz

 

No obstante, el país se enfrenta ante varias perspectivas en las que con una política acertada podrían reportar beneficios a la población en materia de desarrollo social. Una de ellas es el florecimiento desde hace aproximadamente una década del sector de la construcción. La fiebre del ladrillo se deja palpar exponencialmente en la capital, Nairobi, donde consorcios internacionales pugnan por el diseño y ejecución de zonas residenciales, apartamentos de lujo y edificios para uso comercial. Quizás, desde la Administración, sea un buen momento para respirar y dar cabida a verdaderas estrategias de urbanización; para dar repuesta a más de la mitad de la población nairobiana que vive en suburbios (slums), algunos de ellos de los más poblados e insalubres del mundo.

El otro punto caliente de la agenda política keniana es, sin duda, el auge de los recursos naturales. El riesgo evidente es que la economía keniana se vuelva más dependiente de estos minerales cuyos precios fluctúan de manera vertiginosa en un mercado que por naturaleza es especulativo. Aquí, algunos titulares interesantes. La empresa británica Tullow Oil, por ejemplo, se está preparando para extraer aproximadamente 250 millones de barriles de crudo al norte del país (Turkana); la australiana Base Titanium comenzará el próximo año a exportar minerales desde su mina de Kwale, en el sureste de Kenia. Y en el sur, la firma china Fenxi Mining Group espera extraer unos 400 millones de toneladas de reservas de carbón. La incógnita es si esta dinámica de continuar descubriendo más reservas minerales, repercutirá en la creación de nuevos empleos, con buenos salarios para los kenianos y si, al mismo tiempo, mejorará el nivel y la calidad de vida del país en su conjunto.

Estos 50 años de emancipación han sido parte del sueño nacionalista impuesto por la antigua metrópoli. Un modelo que ha generado desigualdades cada vez mayores al mismo tiempo que oportunidades para una parte de la población. Es hora, con el permiso del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, de emprender con decisión políticas públicas acertadas de desarrollo que generen un mayor bienestar bajo el Harambee. Y que, de esta forma, Anne sí tenga motivos para celebrar muchos más aniversarios.

Publicado originalmente en Mundo Negro