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Kenia: 50 años de emancipación de un modelo roto

Foto: Sebastián Ruiz

“Yo sigo malviviendo. Esta es la magia y la realidad de la mayoría de los kenianos que nos reinventamos cada día para ganar algún chelín. ¿Qué quieres que celebre?”. Desgarra. Es la voz entrecortada de Anne, vendedora ambulante –hoy, de mangos y papayas– nacida en Matahare (Nairobi), uno de los suburbios de la capital. Esta declaración seguramente pueda sintetizar la cara y la cruz de un país que hoy está de fiesta: que al tiempo de barnizar oportunidades para una clase media en aumento, pide limosna en alguna esquina bajo la apariencia de un niño desaliñado; un rincón del mapa en el que las nuevas tecnologías se solapan con la falta de acceso o los cortes frecuentes de electricidad en las zonas rurales; una celebración de unidad aparente mientras que en la región del lago Turkana, los pokot y los turkana han incrementado los enfrentamientos en las últimas semanas; una conmemoración de chaqueta y cuello blanco –especialmente en Nairobi– que contrasta con el “hoy también se trabaja” de los tenderetes de calle.

La emancipación o la lucha anticolonial keniana cumple hoy cincuenta años. Aunque sea más políticamente correcto, de cara a los medios internacionales, hablar de la celebración de medio siglo de independencia: era el 12 de diciembre de 1963, una fecha donde quizás, con el momento actual, el país atesorara más espectativas. Era un receptáculo de esperanzas. El Estado poscolonial que se imaginó durante la década de los sesenta tenía una imagen que alcanzar: la modernización de una constelación social (kambas, kikuyos, luos, merus, etc.) –y que por convención se denominaron hijos de la nación keniana– bajo uno de los lemas más emblemáticos, el Harambee o, todos a una.

En Kenia, no existía ese tejido social que en Europa se ha denominado burguesía y que fue el impulsor del cambio del Antiguo Regímen a las sociedades contemporáneas. Aquí, la idea británica era que el cambio que se produjera debía ser más rápido, más eficiente, y tenía que ser dirigido forzozamente por el nuevo gobierno presidido por Johomo Kenyatta. No iba a ser la sociedad la que cambiara al Estado, aunque la guerra del Mau-Mau fuera el detonante. Más bien al revés: el Estado, gobernado por una pequeña élite vanguardista, tendría la misión de conducir el destino del país.

Foto: Sebastián Ruiz

Ahora, cincuenta años más tarde, la cuadratura del círculo se ha completado. El hijo del padre de la nación, Uhuru Kenyatta, acusado por la Corte Penal Internacional (ICC) por ser uno de los precursores de la violencia post-electoral en diciembre de 2007, formaba el pasado marzo un gobierno mixto de tecnócratas más jóvenes que él, de su propia generación y de la vieja retaguardia. Una declaración de intenciones: pasado, presente y futuro que deberán moldear el lema de la campaña electoral de crear un millón de puestos de trabajo en un año y superar las tasas actuales de crecimiento económico. Un presidente, nacido en el seno de la euforia nacionalista en 1965, que entró en la política como delfín del sucesor de su padre, el ex presidente Arap Moi (1978-2002), y cuyo padrino fue el último jefe de Estado, Mwai Kibaki (2003-2013). Uhuru es ahora el cuarto líder en este juego de tronos. Y en suajili, su nombre significa libertad. ¿Será una nueva etapa?

Sin embargo, entre el frenesí de los matatus (autobuses urbanos), el olor a maíz tostado en barbacoas improvisadas de ladrillos, o el arroz perfumado en cacerolas de latón, el período colonial se deja vislumbrar todavía por la desarticulación que sufre el país tanto de forma geográfica como estructural: geográfica porque la concentración de las actividades de desarrollo se concentran solo en algunas áreas urbanas como Nairobi, Mombasa, Nakuru, Kisumu, Eldoret y Naivasha; y estructural porque la economía se limita a un grupo de actividades económicas enfocadas a la exportación.

De hecho, la columna vertebral de la economía continúa siendo, como en tiempos coloniales, la agricultura, y las cifras de la Oficina Nacional de Estadística de Kenia (KNBS) lo demuestran: el sector aporta un 27% del PIB; un 60% de los trabajadores son empleados en él; y en 2012 creció un 3,8% en comparación al 1,5% en 2011. Entre otros productos, destacan: la producción de té, una de las más importantes del mundo donde el 95% se destina a la exportación –en 2013 se estiman unos beneficios en torno a 1,4 billones de dólares–; el café, que el año pasado produjo 40.000 toneladas de semillas; y la industria de las flores, que emplea a unas 90.000 personas reportando unos beneficios de 1 billón de dólares anuales.

Foto: Sebastián Ruiz

 

No obstante, el país se enfrenta ante varias perspectivas en las que con una política acertada podrían reportar beneficios a la población en materia de desarrollo social. Una de ellas es el florecimiento desde hace aproximadamente una década del sector de la construcción. La fiebre del ladrillo se deja palpar exponencialmente en la capital, Nairobi, donde consorcios internacionales pugnan por el diseño y ejecución de zonas residenciales, apartamentos de lujo y edificios para uso comercial. Quizás, desde la Administración, sea un buen momento para respirar y dar cabida a verdaderas estrategias de urbanización; para dar repuesta a más de la mitad de la población nairobiana que vive en suburbios (slums), algunos de ellos de los más poblados e insalubres del mundo.

El otro punto caliente de la agenda política keniana es, sin duda, el auge de los recursos naturales. El riesgo evidente es que la economía keniana se vuelva más dependiente de estos minerales cuyos precios fluctúan de manera vertiginosa en un mercado que por naturaleza es especulativo. Aquí, algunos titulares interesantes. La empresa británica Tullow Oil, por ejemplo, se está preparando para extraer aproximadamente 250 millones de barriles de crudo al norte del país (Turkana); la australiana Base Titanium comenzará el próximo año a exportar minerales desde su mina de Kwale, en el sureste de Kenia. Y en el sur, la firma china Fenxi Mining Group espera extraer unos 400 millones de toneladas de reservas de carbón. La incógnita es si esta dinámica de continuar descubriendo más reservas minerales, repercutirá en la creación de nuevos empleos, con buenos salarios para los kenianos y si, al mismo tiempo, mejorará el nivel y la calidad de vida del país en su conjunto.

Estos 50 años de emancipación han sido parte del sueño nacionalista impuesto por la antigua metrópoli. Un modelo que ha generado desigualdades cada vez mayores al mismo tiempo que oportunidades para una parte de la población. Es hora, con el permiso del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, de emprender con decisión políticas públicas acertadas de desarrollo que generen un mayor bienestar bajo el Harambee. Y que, de esta forma, Anne sí tenga motivos para celebrar muchos más aniversarios.

Publicado originalmente en Mundo Negro

“El lujo de la crisis cinematográfica es la convicción”

Entrevista al director de cine senegalés Ousmane William Mbaye.

Ousmane William Mbaye. Foto: Carlos Bajo Erro

La cita es en el Instituto Francés de Dakar, ubicado en pleno centro. La temperatura sigue humedeciendo el ambiente de una ciudad que se encuentra entre el rojo atardecer y los rezos que llaman a la oración; son cerca de las 19:00 horas y la brisa marina continúa en huelga. La siempre vitalidad de la calle, aunque durante unos días venida a menos por la reciente fiesta del cordero para los musulmanes (la Tabaski), contrasta con el interior de la sede cultural francesa, con regusto a salón de café en la orilla del Sena y oasis adaptado para expatriados. Hay buena música, está sonando la Orquesta Baobab, y los ventiladores de techo aclimatan correctamente la zona del restaurante. Al poco rato, el director senegalés Ousmane William Mbaye aparece tras terminar una entrevista con una periodista del Le Quotiden. Su metro noventa no pasa desapercibido. Sonríe, me da la mano, se la lleva al pecho y toma asiento.

Nos hemos citado con William Mbaye con motivo de la previa mundial de su nuevo documental Presidente Dia que tendrá lugar esta misma tarde en el Instituto Francés de Dakar. Se trata de una película de 52 minutos que narra el ambiente político del Senegal de 1962. El 17 de diciembre de ese año, Mamadou Dia, Presidente del Gobierno de Senegal, fue arrestado y acusado de intento de golpe de Estado por su amigo y compañero Leopold Sedar Senghor. Dia será encarcelado con cuatro ministros más y la Constitución sería modificada; el régimen presidencial sucedió al parlamentario y todos los poderes le fueron dados a Senghor. Las posturas irreconciliables entre el pro occidentalismo de Senghor y el rupturismo con las antiguas estructuras coloniales que defendía Mamadou Dia motivaron los acontecimientos.

La película ha sido seleccionada para el Festival Internacional de Cine Histórico de Pessac (Francia) y para las Jornadas Cinematográficas de Cartago (Túnez). Además hoy, 6 de noviembre, es un día especial: se conmemora el fallecimiento del que es considerado por la crítica como el padre del cine documental africano: Samba Felix Ndiaye.

¿Qué supone para usted estrenar su película en un día como hoy?

Colaboré con él durante mucho tiempo y para mi es el más grande. Es una gran oportunidad hacer el gran estreno de mi película el día que se conmemora la muerte de Samba Felix. Siempre me acuerdo de él: por sus enseñanzas, por su filosofía, por su forma de analizar el cine; por su saber hacer en la pantalla y por su militancia para con el cine documental. Es un privilegio.

¿Cómo cree que va a reaccionar el público ante un documental histórico y político que narra unos hechos tan polémicos?

Creo que a la gente le va a gustar porque en Senegal se habla en todos lados de política. La historia de Mamadou Dia y Leopold Sedar Senghor es una historia que se mira de manera diferente dependiendo de la persona, pero, a fin de cuentas, se conoce. Soy consciente de que es una historia comprometida y la propia distancia que nos dan estos cincuenta años que han pasado son fundamentales para el debate.

Entonces, ¿su película puede volver a animar el debate político del Senegal de 1962? ¿Puede ser un punto de partida para reescribir la historia del país?

Sin lugar a dudas. En 1962 tuvo lugar la primera crisis del Senegal independiente. La gente habla mucho del proceso que supuso el encarcelamiento de Mamadou Dia, incluso políticos e intelectuales cuestionan qué hubiera sucedido si Senghor se hubiera mantenido firme ante las prebendas francesas y continuado junto a la ideología más radical de Dia. No obstante, soy consciente que será la primera vez que este tipo de imágenes y declaraciones aparecen en la gran pantalla y presentan una novedad para la sociedad senegalesa; la película puede ser muy interesante para, por qué no, comenzar a reescribir la historia de Senegal. Me parece que la última campaña presidencial que se vivió el pasado febrero se vivió de manera muy tensa precisamente porque la sociedad senegalesa percibía como un atentado la reducción de libertades que se estaba llevando a cabo. El pueblo siempre habla.

El director senegalés posando ante el cartel de su nuevo documental. Foto: Carlos Bajo Erro

¿La decisión de hacer este tipo de cine comprometido socialmente y políticamente, supone una oportunidad o un obstáculo?

Realmente, yo no sé si soy comprometido o no. Pero lo que sí sé, es que hago cine por convicción. Hago el cine que me interesa y pretendo hacer al mismo tiempo trabajos que les puedan interesar a los senegaleses. No sé si mi cine es comercial o no pero desde luego que si me llaman para hacer una película en Hollywood iría… ¡Claro! Considero que actualmente el lujo de la crisis cinematográfica es la convicción. Es decir, puedes hacer el cine que quieres sin que te preocupe en exceso el dinero… Si es que realmente quieres hacer cine.

Pero William, en alguna entrevista, ha afirmado que la nueva generación de documentalistas jóvenes y, en general, de cineastas africanos, es una generación perdida. ¿Por qué?

Bueno, sin medios no se puede trabajar. Puedes decir que eres piloto, pero si no tienes avión no puedes pilotar; en África es parecido. En la sociedad tradicional no hay medios, y esto no es humo, no son fantasmas. Cuando hablo de la generación perdida me refiero justamente a esto, a la falta de medios. Desde los gobiernos no hay financiación, no se motiva desde los colegios, las propias televisiones no compran cine africano… Si mi hijo de 18 años hiciera cine en Senegal ¿qué tendría que hacer? Está claro que lo tendría que hacerlo de forma autómata: grabar la vida de la gente en algún barrio de la ciudad, montar el documental y distribuirlo, pero ¿con qué dinero pagaría la escolarización de sus hijos y le daría de comer a su mujer?

Efectivamente la industria cinematográfica en el África Subsahariana se encuentra en unos momentos difíciles debido a la falta de tejido en el sector y a la reducción aguda de fondos que llegaban de Occidente. ¿Qué factores cree que serían necesarios para favorecer el dinamismo de la industria cinematográfica?

Serían necesarios una organización conjunta de toda la industria cinematográfica y, por supuesto, la financiación y compromiso por parte del Estado y de sus políticas culturales. Durante los años 60 y 70 el Estado senegalés invertía mucho dinero y esfuerzo en la producción del cine senegalés y la prueba del éxito de estas películas en festivales internacionales es evidente. Actualmente, sin embargo, hay un vacío y asociarse, organizarse para combatir la falta de medios y la propia intervención del Estado en las producciones nacionales son dinámicas urgentes.

¿Cuáles son los nuevos escenarios y tendencias del cine documental africano?

En Senegal hay muchísima actividad. Actualmente hay unos 40 documentales que ni siquiera he podido ver por lo que, primero de todo, habría que visiblizar los trabajos que se están haciendo para realizar un análisis más preciso. Sin lugar a duda las nuevas narraciones y los trabajos más personales me interesan. Por otro lado, la ficción de los documentales es algo que va cobrando un fuerte protagonismo. Recuerdo cuando Samba Felix Ndiaye preparaba un ciclo de cine documental y seleccionó películas de ficción. Yo le apunté que se había confundido y él me dijo que mirara atentamente los documentales clásicos y observara cómo la ficción existía; en los planos, o incluso en algunas situaciones que se creaban delante de la cámara. Me parece que los nuevos trabajos apuntarán por la línea de la ficción documental.

Parece que tras el encuentro con William Mbaye, la famosa cita de Samba Felix Ndiaye cobra fuerza: «La utopía sigue siendo válida y el cine es uno de los caminos».

Nota: Aunque Mbaye tiene diversos trabajos realizados y premiados, el documental por el que ha sido reconocido internacionalmente es Mere-Bi, que narra la vida de su madre, Annete Mbaye d’Erneville, la primera mujer periodista de Senegal. Otras películas documentales han sido Fer et Verre, retrato de la pintora senegalesa Anta Germaine Gaye, o Xalima la plue, retrato del músico senegalés Seydina Insa Wade.

http://youtu.be/9SuLecCh0Es

Publicado en Wiriko

 

 

 

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