El sesgo anglosajón de los ranking universitarios

Los dos índices más reconocidos en el ranking de las mejores universidades del mundo otorgan un claro protagonismo a las de habla inglesa que acaparan casi por completo los cincuenta primeros puestos. Intereses al descubierto.

Para el año 2009, la tabla elaborada por la Universidad Jiao Tong de Shangái[1] (China) situaba entre las 200 primeras solo a tres universidades hispanohablantes: la Universidad Nacional Autónoma de México (UAM), en el puesto 164; la Autónoma de Barcelona (UAB), en el 174; y la de Buenos Aires (UBA), en el 176. En el reciente informe publicado para el 2012[2] la misma clasificación sube de nivel a la UAM, al 159, y a la UBA, al 175. La primera española se sitúa en el puesto 201, la Universidad Autónoma de Madrid (UAM).

El otro índice es el británico del Times Higher Education, que hacía lo propio en 2009 incluyendo solamente a dos universidades hispanohablantes entre las primeras 200: la Autónoma de Barcelona, en el 171; y la Autónoma de México, en el 190. En la clasificación 2011-2012 solo aparece la Universidad Pompeu Fabra ocupando el lugar 186[3].

Aun siendo un concepto difícil de definir, la calidad se ha convertido en la piedra angular que distingue a la excelencia académica e investigadora y en medida fundamental para establecer clasificaciones a nivel mundial. La sorpresa -léase surprise– por los resultados deja de ser novedad cuando se bucea por los criterios seguidos a la hora de establecer las posiciones en los rankings. ¿Son, entonces, unos malos resultados los obtenidos por las universidades de habla hispana? El índice de Shangái, por ejemplo, tiene en cuenta el número de galardonados con el Premio Nobel, los premiados con la Medalla Fields, otorgada a los descubrimientos sobresalientes en el área de las matemáticas; el número de artículos publicados en las revista científicas Science y Nature o el factor de impacto de los trabajos académicos en la comunidad científica reflejados en el índice del Institute for Scientific Information (ISI).

No obstante, la diversidad de indicadores no implica la objetividad en los resultados. Tanto en los premios Nobel como en los Fields destaca la presencia norteamericana. Por otro lado, los índices de impacto elaborados por la empresa de información estadounidense Thomson, propietaria del ISI, también muestran un destacado sesgo anglosajón, a lo que hay que añadir, además, que las dos revistas que más puntúan en este índice son norteamericana una, Science, e inglesa la otra, Nature.

La efectividad o no de los criterios menosprecia el potencial que tienen los países de habla hispana en producción científica, en citas por documentos o en la distribución de revistas. Este este sentido, ahí va la pregunta: ¿por qué no visibilizar el conocimiento generado en el propio país a través de la difusión interna? o ¿por qué no establecer canales evaluadores de la calidad científica diferentes a los existentes y con unos criterios más equitativos?

Sebastián Ruiz


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