Malawi: la esperanza sale a flote

Han pasado seis meses de aquella fatídica noche. De correr con lo poco que tienes y lo poco que dan de sí dos brazos en momentos como ese. De la noche más larga. Del pánico que se adueñaba de la oscuridad. De no mirar atrás. De pensar en ese “y si hubiera…”. Del agua hasta la cintura. De naufragar en el desconsuelo. De no saber dónde pisar cuando todo, allá abajo, en el barro, se tambalea.

En el campamento II, ubicado en Nsanje, no existe hora de la comida. El humo del agua que bulle es constante. Arroz, maíz y, con suerte, alguna verdura. Así llevan seis meses. / Foto: Sebastián Ruiz.

En el campamento II, ubicado en Nsanje, no existe hora de la comida. El humo del agua que bulle es constante. Arroz, maíz y, con suerte, alguna verdura. Así llevan seis meses. / Foto: Sebastián Ruiz.

El sur de Malawi se está secando. Y lo hace lentamente al mismo tiempo que la población que se vio afectada (unas 230.000 personas) por una de las inundaciones más desastrosas de cuantas recuerdan los viejos de la zona. Las últimas cifras aportadas porUnicef (mayo del 2015) provocan silencio: todavía hay un total de 15 distritos afectados; 145.000 personas siguen desplazadas temporalmente; 106 fallecidos; 64.000 hectáreas de tierra anegada, inservible; 620 casos de cólera de los que murieron 10 personas.

“Me acuerdo perfectamente. Fue la noche del 4 de enero. Llovía fuertemente desde hacía horas y el sonido de la lluvia se mezcló con una especie de ola que avanzaba. ¿Y qué haces en ese momento? No puedes pensar. Tienes que actuar. Cogí a mis dos hijos pequeños, cada uno con un brazo, y salimos corriendo mi mujer y yo. El agua estaba dentro de la casa a la altura de las ventanas”. Quien habla es Maxwell Miteyingánga, uno de los afectados por las inundaciones que lo ha perdido todo. Ahora se encuentra como líder organizativo en uno de los campos de desplazados que el Gobierno con la ayuda de Cruz Roja, World Vision y Unicef, han instalado en esta región.

Como es domingo, el campamento II permanece con poca actividad. La gran mayoría se encuentra en la Iglesia de Nsanje celebrando una semana más de incertidumbre. Teresa y Benedetta se encargan de cocinar para sus vecinas en la tienda improvisada en la que conviven con otras ocho mujeres y 17 niñas. Juliana descansa sobre el único mango que se encuentra en el campamento tras recoger una hierba silvestre; normalmente no comería esta planta, pero cualquier vegetal puede hacer las funciones de alimento, de paliativo del hambre. Albert esquiva el sol, bajo el toldo de su tienda. Es un lugar fresco, con una energía particular: es el único inquilino de todo el campamento (5.000 personas) que tiene una radio. Suena música clásica. Y él sonríe mientras saluda con un gesto simpático.

Pero la desolación ha perdido la mitad de sus letras. Desde finales de diciembre hasta mediados de enero de 2015, las fuertes lluvias provocaron las peores inundaciones en la historia reciente de Malawi. Como era de esperar, las tierras bajas de las regiones del sur y del este fueron las más afectadas. Algunos distritos, como Chikwawa y Nsanje, propensos a las inundaciones, se vieron desbordados por la magnitud de agua que cayó sin parar durante cuatro días consecutivos.

La respuesta del gobierno fue rápida y el presidente del país, Peter Mutharika, declaró lo sucedido como un desastre nacional. La medida permitió la movilización precoz de los recursos, con los equipos de rescate y suministros de socorro enviados a las zonas afectadas. La respuesta de las ONG tanto locales como internacionales también, fue decisiva y rápida.

La frontera con Mozambique está señalada en un viejo cartel de color verde oxidado a tan solo 20 kilómetros. Llegar en transporte público a una de las zonas más afectadas por las inundaciones es una tragedia visual. Esta región de Malawi queda lejos del eco del turismo de mochila que se baña en las aguas cristalinas de uno de los lagos de agua dulce más espectaculares del continente, el lago Malawi. Aquí, la desazón campa en los márgenes de las carreteras que continúan con la basura acumulada. El agua no es bien recibida.

Pero la actividad tiene que seguir. Los más pequeños corretean salpicando y sorteando lagunas llenas de verdina donde algunos patos han encontrado un nuevo ecosistema. Los sacos de arroz se apilan en columnas de a cuatro cortejando a una población que después de estos meses comienza con un retorno a la nada. La ropa se seca colgada sobre las ramas de algunos arbustos al mismo tiempo que las paredes de las pocas construcciones que han quedado en pie. “Lo único que me queda es la familia. Tenemos que vivir de la caridad del gobierno, de las ONG. ¿Sabes lo que es no tener nada? ¡Cuánta desesperación y cuánto abandono!”, se lamenta Georgina, mozambiqueña de origen, aunque con 30 años en el país, sentada en una esterilla made in China.

Gideon Madera, que trabaja para la Organización Internacional para las Migraciones en Malawi (OIM) explica que a pesar de las dificultades a las que se enfrentan los desplazados en los campos provistos, «muchos están optando por regresar a sus lugares de origen para comenzar a reconstruir sus vidas». «Desde el gobierno se está tratando de garantizar que la integración, el retorno, la reubicación o el reasentamiento de los desplazados sea de forma respetuosa y protegiendo sus derechos”, asegura en una llamada telefónica.

Acicalarse o no, suele estar reñido con el estado de ánimo. Aquí, en Nsanje, la vida continúa al ritmo de trenzas renovadas./ Foto: Sebastián Ruiz.

Acicalarse o no, suele estar reñido con el estado de ánimo. Aquí, en Nsanje, la vida continúa al ritmo de trenzas renovadas./ Foto: Sebastián Ruiz.

Los recursos económicos proporcionados por el gobierno no son suficientes, pero tampoco los humanos. “Los especialistas que puedan tratar a la población para resolver el colapso mental provocado por la pérdida de todos sus bienes y el empobrecimiento derivado son escasos. Yo estoy como voluntario este fin de semana y, ya ves. Después de tantos meses de sufrimiento, ¿ves a alguno más por la zona?”, explica indignado Joseph Ndiagara, médico psicólogo que trabaja en Blantyre, la segunda ciudad más importante del país, después de Lilongüe, la capital de Malawi, y a un par de horas de distancia.

La misa ha llegado a su ecuador (llevan tres horas) y Mariama ha salido a tomar el aire. Los techos de lata de la iglesia improvisada elevan la temperatura. Se abanica con un trozo de cartón en el que se puede leer “coffee from Mzuzu”, la región cafetalera por excelencia en el país. “Dios nos proveerá… Aunque está vez nos ha puesto la situación muy difícil. Me quedé viuda en las inundaciones. Un cocodrilo mató a mi marido y a mi única niña. Pero todo saldrá bien a partir de ahora. Dios nos salvará”. La mirada la tiene perdida. No la esperanza. La crecida de los ríos de la región sur arrastró con ella a decenas de cocodrilos que se llevaron por delante al menos a 10 personas en el distrito de Nsanje.

Seguridad alimentaria: el talón de Aquiles

Las inundaciones ocurridas en enero llamaron la atención de los medios de comunicación nacionales e internacionales. Era la noticia. Ya hace meses que los focos se han retirado. Pero el desastre de las inundaciones se dejará sentir mucho después de que se haya secado todo.

Malawi se enfrentará a una escasez de alimentos importante este año. Las inundaciones arrasaron aproximadamente 64.000 hectáreas de cultivos por lo que el Programa Mundial de Alimentosya ha alertado de la frágil situación económica a la que se enfrenta el país, que depende de la agricultura y el tabaco para el 90% de sus ingresos por las exportaciones. El gobierno, junto con el Fondo Monetario Internacional (FMI), habían proyectado un crecimiento del PIB del 6,2% para 2015 basados en cálculos aproximativos con la premisa de “una buena temporada agrícola”. La realidad se ha desmarcado de esas proyecciones. Es más, el 24 de marzo, el FMI aprobaba un crédito de casi 16 millones de euros para hacer frente a la catástrofe.

La inseguridad alimentaria en las zonas afectadas y en los campamentos se sumará a la de los refugiados que desde 1990, se siguen trasladando al campo de refugiados Dzaleka. Mientras, muy cerca del campamento II, algunos intentan reconstruir la vida a base de ladrillos, adobe y esperanza. La unidad es la esencia. “Los vecinos nos intentamos ayudar. Comenzar de cero cuando la base es cero es parte del aprendizaje. Todos sabemos que vendrán tiempos mejores. Y así será. Saldremos a flote”. Contundente, cigarrillo en mano, sentencia Berto mientras pone otra capa de argamasa en su futura casa.

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