Malawi: la esperanza sale a flote

Han pasado seis meses de aquella fatídica noche. De correr con lo poco que tienes y lo poco que dan de sí dos brazos en momentos como ese. De la noche más larga. Del pánico que se adueñaba de la oscuridad. De no mirar atrás. De pensar en ese “y si hubiera…”. Del agua hasta la cintura. De naufragar en el desconsuelo. De no saber dónde pisar cuando todo, allá abajo, en el barro, se tambalea.

En el campamento II, ubicado en Nsanje, no existe hora de la comida. El humo del agua que bulle es constante. Arroz, maíz y, con suerte, alguna verdura. Así llevan seis meses. / Foto: Sebastián Ruiz.

En el campamento II, ubicado en Nsanje, no existe hora de la comida. El humo del agua que bulle es constante. Arroz, maíz y, con suerte, alguna verdura. Así llevan seis meses. / Foto: Sebastián Ruiz.

El sur de Malawi se está secando. Y lo hace lentamente al mismo tiempo que la población que se vio afectada (unas 230.000 personas) por una de las inundaciones más desastrosas de cuantas recuerdan los viejos de la zona. Las últimas cifras aportadas porUnicef (mayo del 2015) provocan silencio: todavía hay un total de 15 distritos afectados; 145.000 personas siguen desplazadas temporalmente; 106 fallecidos; 64.000 hectáreas de tierra anegada, inservible; 620 casos de cólera de los que murieron 10 personas.

“Me acuerdo perfectamente. Fue la noche del 4 de enero. Llovía fuertemente desde hacía horas y el sonido de la lluvia se mezcló con una especie de ola que avanzaba. ¿Y qué haces en ese momento? No puedes pensar. Tienes que actuar. Cogí a mis dos hijos pequeños, cada uno con un brazo, y salimos corriendo mi mujer y yo. El agua estaba dentro de la casa a la altura de las ventanas”. Quien habla es Maxwell Miteyingánga, uno de los afectados por las inundaciones que lo ha perdido todo. Ahora se encuentra como líder organizativo en uno de los campos de desplazados que el Gobierno con la ayuda de Cruz Roja, World Vision y Unicef, han instalado en esta región.

Como es domingo, el campamento II permanece con poca actividad. La gran mayoría se encuentra en la Iglesia de Nsanje celebrando una semana más de incertidumbre. Teresa y Benedetta se encargan de cocinar para sus vecinas en la tienda improvisada en la que conviven con otras ocho mujeres y 17 niñas. Juliana descansa sobre el único mango que se encuentra en el campamento tras recoger una hierba silvestre; normalmente no comería esta planta, pero cualquier vegetal puede hacer las funciones de alimento, de paliativo del hambre. Albert esquiva el sol, bajo el toldo de su tienda. Es un lugar fresco, con una energía particular: es el único inquilino de todo el campamento (5.000 personas) que tiene una radio. Suena música clásica. Y él sonríe mientras saluda con un gesto simpático.

Pero la desolación ha perdido la mitad de sus letras. Desde finales de diciembre hasta mediados de enero de 2015, las fuertes lluvias provocaron las peores inundaciones en la historia reciente de Malawi. Como era de esperar, las tierras bajas de las regiones del sur y del este fueron las más afectadas. Algunos distritos, como Chikwawa y Nsanje, propensos a las inundaciones, se vieron desbordados por la magnitud de agua que cayó sin parar durante cuatro días consecutivos.

La respuesta del gobierno fue rápida y el presidente del país, Peter Mutharika, declaró lo sucedido como un desastre nacional. La medida permitió la movilización precoz de los recursos, con los equipos de rescate y suministros de socorro enviados a las zonas afectadas. La respuesta de las ONG tanto locales como internacionales también, fue decisiva y rápida.

La frontera con Mozambique está señalada en un viejo cartel de color verde oxidado a tan solo 20 kilómetros. Llegar en transporte público a una de las zonas más afectadas por las inundaciones es una tragedia visual. Esta región de Malawi queda lejos del eco del turismo de mochila que se baña en las aguas cristalinas de uno de los lagos de agua dulce más espectaculares del continente, el lago Malawi. Aquí, la desazón campa en los márgenes de las carreteras que continúan con la basura acumulada. El agua no es bien recibida.

Pero la actividad tiene que seguir. Los más pequeños corretean salpicando y sorteando lagunas llenas de verdina donde algunos patos han encontrado un nuevo ecosistema. Los sacos de arroz se apilan en columnas de a cuatro cortejando a una población que después de estos meses comienza con un retorno a la nada. La ropa se seca colgada sobre las ramas de algunos arbustos al mismo tiempo que las paredes de las pocas construcciones que han quedado en pie. “Lo único que me queda es la familia. Tenemos que vivir de la caridad del gobierno, de las ONG. ¿Sabes lo que es no tener nada? ¡Cuánta desesperación y cuánto abandono!”, se lamenta Georgina, mozambiqueña de origen, aunque con 30 años en el país, sentada en una esterilla made in China.

Gideon Madera, que trabaja para la Organización Internacional para las Migraciones en Malawi (OIM) explica que a pesar de las dificultades a las que se enfrentan los desplazados en los campos provistos, “muchos están optando por regresar a sus lugares de origen para comenzar a reconstruir sus vidas”. “Desde el gobierno se está tratando de garantizar que la integración, el retorno, la reubicación o el reasentamiento de los desplazados sea de forma respetuosa y protegiendo sus derechos”, asegura en una llamada telefónica.

Acicalarse o no, suele estar reñido con el estado de ánimo. Aquí, en Nsanje, la vida continúa al ritmo de trenzas renovadas./ Foto: Sebastián Ruiz.

Acicalarse o no, suele estar reñido con el estado de ánimo. Aquí, en Nsanje, la vida continúa al ritmo de trenzas renovadas./ Foto: Sebastián Ruiz.

Los recursos económicos proporcionados por el gobierno no son suficientes, pero tampoco los humanos. “Los especialistas que puedan tratar a la población para resolver el colapso mental provocado por la pérdida de todos sus bienes y el empobrecimiento derivado son escasos. Yo estoy como voluntario este fin de semana y, ya ves. Después de tantos meses de sufrimiento, ¿ves a alguno más por la zona?”, explica indignado Joseph Ndiagara, médico psicólogo que trabaja en Blantyre, la segunda ciudad más importante del país, después de Lilongüe, la capital de Malawi, y a un par de horas de distancia.

La misa ha llegado a su ecuador (llevan tres horas) y Mariama ha salido a tomar el aire. Los techos de lata de la iglesia improvisada elevan la temperatura. Se abanica con un trozo de cartón en el que se puede leer “coffee from Mzuzu”, la región cafetalera por excelencia en el país. “Dios nos proveerá… Aunque está vez nos ha puesto la situación muy difícil. Me quedé viuda en las inundaciones. Un cocodrilo mató a mi marido y a mi única niña. Pero todo saldrá bien a partir de ahora. Dios nos salvará”. La mirada la tiene perdida. No la esperanza. La crecida de los ríos de la región sur arrastró con ella a decenas de cocodrilos que se llevaron por delante al menos a 10 personas en el distrito de Nsanje.

Seguridad alimentaria: el talón de Aquiles

Las inundaciones ocurridas en enero llamaron la atención de los medios de comunicación nacionales e internacionales. Era la noticia. Ya hace meses que los focos se han retirado. Pero el desastre de las inundaciones se dejará sentir mucho después de que se haya secado todo.

Malawi se enfrentará a una escasez de alimentos importante este año. Las inundaciones arrasaron aproximadamente 64.000 hectáreas de cultivos por lo que el Programa Mundial de Alimentosya ha alertado de la frágil situación económica a la que se enfrenta el país, que depende de la agricultura y el tabaco para el 90% de sus ingresos por las exportaciones. El gobierno, junto con el Fondo Monetario Internacional (FMI), habían proyectado un crecimiento del PIB del 6,2% para 2015 basados en cálculos aproximativos con la premisa de “una buena temporada agrícola”. La realidad se ha desmarcado de esas proyecciones. Es más, el 24 de marzo, el FMI aprobaba un crédito de casi 16 millones de euros para hacer frente a la catástrofe.

La inseguridad alimentaria en las zonas afectadas y en los campamentos se sumará a la de los refugiados que desde 1990, se siguen trasladando al campo de refugiados Dzaleka. Mientras, muy cerca del campamento II, algunos intentan reconstruir la vida a base de ladrillos, adobe y esperanza. La unidad es la esencia. “Los vecinos nos intentamos ayudar. Comenzar de cero cuando la base es cero es parte del aprendizaje. Todos sabemos que vendrán tiempos mejores. Y así será. Saldremos a flote”. Contundente, cigarrillo en mano, sentencia Berto mientras pone otra capa de argamasa en su futura casa.

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Burundi: la pesca o nada

Olivier se abrocha la cazadora y enciende el que será el primer cigarrillo de una larga jornada pesquera. Los ahorros mensuales no le dan para otro capricho; quizás, alguna recarga de crédito en un móvil apuntalado con gomillas elásticas. La calle, la gente, el pueblo arde de impotencia democrática en Burundi por el intento de golpe de Estado al presidente Pierre Nkurunziza tras declarar que se presentaría a un tercer mandato. Esta decisión fue denunciada por la oposición y marcó el comienzo de un periodo de violencia y de inestabilidad política. Pero la pesca continúa su día a día intentando remar contracorriente. Economía de batalla, que lo llaman. Las cifras de ACNUR reflejan que casi un total de 144.000 burundeses han huido desde principios de abril a las vecinas Ruanda, Tanzania y República Democrática del Congo por las aguas del lago Tanganica.

El sol despunta dejando un paisaje espectacular. Al fondo las montañas ruandesas y burundesas que se unen sin fronteras cobijan a la capital, Bujumbura. Una barca de pescadores pone el rumbo hacia la orilla. / Foto: Sebastián Ruiz

El sol despunta dejando un paisaje espectacular. Al fondo las montañas ruandesas y burundesas que se unen sin fronteras cobijan a la capital, Bujumbura. Una barca de pescadores pone el rumbo hacia la orilla. / Foto: Sebastián Ruiz

El pequeño asentamiento pesquero donde vive Olivier en Bujumbura es un espacio tan pequeño que se está en él de repente. Carece de esa dignidad que otorgan unas afueras, una periferia. Y aquí, entre tiendas de campaña improvisadas, conviven una treintena de hombres que entienden la pesca tradicional como su propio referéndum al sí a la vida. A escasos metros, el restaurante Bora-Bora o el Hotel du Lac continúan sirviendo mojitos a precios de expatriados para los cientos de soldados de la misión de la Observación Electoral de las Naciones Unidas en Burundi (MENUB) y para los consultores europeos ataviados de traje.

Moisés, enfundado en un gorro de lana con el escudo del Barcelona, se despierta con la llamada del joven patrón y agarra su manta reducida y adelgazada por una década de uso para buscarle un hueco en su nasa. ¿Para qué dejarla en tierra si es su segunda piel en el medio del lago, oscuro y repleto de rumores sobre cocodrilos gigantes? A este marinero, su cobertor le ha protegido de lluvias y ventiscas, ha destilado con ella las mejores y no tan buenas horas de su vida e incluso ha sido recompensada con un agujero de bala del mes de abril. Las únicas lumbres en este paraje sin alma son las cenizas del cigarro de Olivier y la del cuarto menguante de luna. Prácticamente a oscuras. Aunque la costumbre les hace moverse con agilidad. Las olas golpean una orilla repleta de astillas de madera, escamas de pescado y trozos de red.

“¿Está todo? ¿Necesitamos algo más?”, pregunta en francés y en voz baja el joven Deniss de 14 años, el tercero de los pescadores. “Necesitar, necesitar… ¡Todo y nada!”, le responde Andrew. Le apetece, sobre todo, un largo trago de vino recio y áspero que hace las funciones de desayuno. Son exactamente las 23.07 horas de la noche y estos cuatro pescadores se adelantan al resto del asentamiento poniendo dos barcazas en el agua fría del Tanganica. Por delante, otra noche más en busca de ndagala, una especie de boquerón pequeño que sirve como una de las pocas fuentes de proteínas para la población empobrecida de Burundi y de toda la costa que bordea el lago, el segundo más profundo del mundo tras el Baikal, en Rusia.

Una pareja de pescadores desenreda una de las redes que han utilizado durante la noche. Al fondo se pueden apreciar las tiendas de campaña improvisadas que hacen las veces de casa. / Foto: Sebastián Ruiz

Una pareja de pescadores desenreda una de las redes que han utilizado durante la noche. Al fondo se pueden apreciar las tiendas de campaña improvisadas que hacen las veces de casa. / Foto: Sebastián Ruiz

La pesca en aguas turbulentas

La pesca constituye una parte muy pequeña (alrededor del 2%) de la producción agrícola total de Burundi. Sin embargo, es una actividad importante por su contribución al suministro de alimentos. Las capturas dependen en gran medida del estado de la seguridad en un país que vive de espaldas al resto de los incluidos en la comunidad de África del Este, sobre todo sus vecinas Ruanda y Tanzania. El genocidio de los noventa, la guerra civil y un futuro con anorexia para la población juvenil son parte de los ingredientes para una bomba de relojería a punto de estallar. Otra vez.

Diferenciando tres tipos de pesca, la producción se destina en su totalidad al mercado interno: la industrial (controlada por los griegos), la artesanal y la de subsistencia. La pesca artesanal, como la que realiza Olivier y su flotilla, es una forma de pesca de bajura practicada en la parte norte del lago Tanganica, así como en los lagos Cohoha y Bweru, y representa la mayor parte de la captura. Para el turista casual que pasea por las calles de la capital burundesa, hoy tomada por militares y con una población en franca retirada, puede apreciar multitud de puestos ambulantes regentados por mujeres que venden el ndagala, especie endémica del lago. Por 20 céntimos de euro puedes tener un cartucho listo para degustar.

Aunque la inflación se ha dejado sentir también. “En 2004, el kilogramo costaba dos euros, en 2013, cuatro euros y medio y, en junio del 2015, el precio que tenemos ronda los seis”, explica Simon Guritzika, responsable de los pescadores en esta zona de la playa. Una tercera parte del consumo de proteínas de origen animal en el país proviene de la pesca y el sector emplea a más de 100.000 personas.

1.18 horas de la noche. Adentrados en el lago, desde donde ya no se distinguen las luces de Bujumbura, las dos barcazas dejan de remar. Los pescadores comienzan a trenzar grandes mástiles que se colocan en horizontal uniendo las barcas. La fotografía muestra un rectángulo perfecto: dos embarcaciones enfrentadas y unidas por troncos de madera desde los que cuelgan unas mallas rojas que se sumergen quedando listas para capturar el botín.

Es en este momento, en el que el montaje se ha terminado, cuando Olivier comienza a armar su pequeño laboratorio. El método consiste en el uso de lámparas de parafina presurizadas suspendidas por encima de la superficie del agua, sobre palés de madera, para atraer a un aluvión de peces que quedarán atrapados bajo las canoas en la gran red de nylon. Pero no de momento. Quedan unas tener horas de espera mirando como la noche engulle Burundi. Hay que tener paciencia y algo de abrigo.

“¿Has visto lo que hemos hecho? Pues este es nuestro trabajo cada día. Cada día. A mí, en realidad, me hubiera gustado estudiar, pero tengo que mantener a mi pequeña familia”, explica Olivier mientras enseña una foto de su mujer con su hija en la pantalla difuminada de su móvil. El ruido de la madera humedecida que cruje y del gas que se quema intermitente acompañan la noche. La oscuridad está salpicada de otras pequeñas embarcaciones que se sitúan a unos 30 metros. Deniss no deja de achicar agua con un trozo de plástico. El nivel de flotación hace minutos que está hundido.

A quien madruga…

Este tipo de pesca artesanal se realiza con unas lámparas colocadas sobre un palé de madera. Los peces que acuden a la luz y quedan atrapados en la red se conocen como ndagala, una especie endémica del lago parecida al boquerón. El rectángulo formado por las dos barcazas deja en el medio la luz y bajo ella la red que tras unas 3 horas será recogida. Foto: Sebastián Ruiz

Este tipo de pesca artesanal se realiza con unas lámparas colocadas sobre un palé de madera. Los peces que acuden a la luz y quedan atrapados en la red se conocen como ndagala, una especie endémica del lago parecida al boquerón. El rectángulo formado por las dos barcazas deja en el medio la luz y bajo ella la red que tras unas 3 horas será recogida. Foto: Sebastián Ruiz

Al amanecer, el espectáculo visual desconcierta. Tonos rosados y anaranjados que se reflejan en el agua. A un lado, las montañas de la República Democrática del Congo, al otro, se oye, suavizado, el runrún de la ciudad. La captura de hoy no ha estado mal a saber por la caras de la flotilla. Ahora se trata de recoger a mano las redes cargadas de cientos de kilogramos de materia prima, desatar las embarcaciones y remar hasta una orilla que se presenta abarrotada. Según la imagen, nada parece indicar que el país esté en alta tensión.

La lonja improvisada en la arena fría por el relente de la noche se compone de pescadores que salen a faenar de día, hombres arrinconados que recomponen desaguisados imposibles de enmendar en las mallas, cocineras que en ollas de latón hierven agua con alguna verdura, niños que corretean, círculos de empresarios que apuestan los francos burundeses a una buena compra y decenas de bicicletas y moto-taxis que transportarán la mercancía hasta la ciudad. La rapidez es esencial.

El pescado, antes de ser comprado por la población local, pasará por un proceso de secado. “Antes había que esperar unos tres días, pero como lo secábamos en la arena, entre los gatos y perros que se los comían y que un alto porcentaje quedaba inservible perdíamos mucha cantidad. Ahora, en medio día ya podemos hacer bolsitas de plástico listas para vender”. Quien comenta la transformación que sufrió esta industria es Girondine. Ella fue una de las beneficiarias del programa de implementación de la FAO para construir, hace 11 años, secaderos de tela metálica sostenidos por palos de madera. De esta forma, los bastidores quedaban fuera del alcance de los animales y podían cubrirse en el caso de que lloviera, evitando el deterioro de los ndagala. El número de secadores a lo largo de las orillas del lago Tanganica ha aumentado de 500 a más de 2.000 unidades.

A escasos 50 metros del bullicio, Lionel Ntasano, director gerente de un pequeño pero muy acogedor hotel familiar, el Nonara Beach Resort, desayuna un capuchino con una libreta en la que apunta el género que tendrá que comprar hoy. Explica que la situación del país es insostenible para el sector del turismo. “Sinceramente, no sé cómo este país está en pie. Parece mentira que con la riqueza natural y paisajística que tenemos, los políticos se lo estén cargando. No sé cuánto tiempo nos queda de vida. Mientras haya expatriados por la zona, las habitaciones de mi hotel estarán llenas y yo podré pagar al personal y los gastos. Estamos al límite” apostilla, preocupado.

A mediodía, las flotillas que salieron a faenar durante la noche descansan resguardados de un sol que pica con fuerza. Olivier y los suyos duermen esperando que llegue la noche para una nueva faena. El Tanganica espera intranquilo el desenlace de un país que se descompone entre ndagala y redes de pescar.

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El té de las mil colinas (Ruanda)

Londres (Inglaterra). 16.30 de la tarde. La cotizada Oxford Street invierte no en la tradición, si no en la venta al turista de exquisitas pastas de mantequilla acompañadas de aromáticos tés en las puertas de unos grandes almacenes. Se agolpan los desaliñados, los hípsters, los jugadores de críquet, los flashes y los empleados que esperan a que el Big Ben marque la hora bruja que, allí, comienza a las cinco en punto, justo con la reminiscencia de unos tiempos coloniales: la hora del té.

Un alto en el camino para mostrar a la cámara la situación extrema de los trabajadores. Unas 12 horas al día por 30 euros al mes / Foto: Sebastián Ruiz

Un alto en el camino para mostrar a la cámara la situación extrema de los trabajadores. Unas 12 horas al día por 30 euros al mes / Foto: Sebastián Ruiz

Assam (India), la región más grande de cultivo de té en el mundo. A la misma hora, millones de personas se apresuran a enfriar su taza de hierba infusionada juntando los labios con el cristal del vaso. Este país es el segundo del mundo en producción (23%) y el primero en consumo. Huele por todas partes. El papel que desempeñó la Compañía Británica de las Indias Orientales para distribuir el té en Gran Bretaña fue crucial. Creó desigualdades sociales en los lugares desde donde se extraía y, al mismo tiempo, la generalización de un negocio hasta entonces prohibitivo y denunciado desde el gremio de los cerveceros hasta el propio clero, basándose en el argumento de que era una planta que no se cultivaba en un país cristiano. Incluso presionaron al Gobierno inglés para que impusiera un alto impuesto sólo permisivo para la aristocracia. Sin embargo, en el siglo XX se había convertido en la bebida más barata.

En 1888 los británicos bautizaron la India como un exportador potencial de té. Además, por aquél entonces también se cultivaba en Bangladesh que en el siglo XIX todavía formaba parte de la India. Un negocio redondo y sabroso. De esta historia se entiende que la compañía McLeod Russel, en su origen de capital inglés aunque ahora indio, sea la empresa que más plantaciones de té tiene en el mundo. En Ruanda, de hecho, representa alrededor del 25% de la producción del país.

Gisenyi (Ruanda). A unos 6.500 kilómetros de distancia de la capital inglesa, el sol todavía no se ha puesto. Casi. Se esconde entre alguna de las colinas (dicen que mil) que edulcoran el paisaje ruandés. Todo es y está verde. Todo ordenado y cultivado. Carreteras perfectamente pintadas y asfaltadas que serpentean, que suben y bajan, por un país que ha vomitado la historia reciente de los Grandes Lagos una y otra vez. Para llegar al Pfunda Tea Estate, propiedad de McLeod Russel  y considerada como la principal plantación de té de Ruanda con cerca de 900 hectáreas, la mirada se clava desplazada, a lomos de una moto taxi, en los campos de plátanos, maíz y ramas de las que cuelga miel fermentada. Escasos minutos después, la inmensidad, el oro verde, la perfección de millones de plantas camellia sinensis alineadas.

Después del agua, el té es la bebida más popular del mundo, con unas 15.000 tazas por segundo. Se puede encontrar en cualquier lugar del mundo. Se cultiva en más de 50 países aunque abunda especialmente en los campos de cuatro: China, India, Kenia y Sri Lanka. También en esta esquina olvidada de Ruanda, a cuatro horas en coche de Kigali, la capital, y frontera con Uganda, la República Democrática del Congo y el Lago Kivu. Aquí, entre 1.700 y 3.100 metros de altura la historia es otra. La vida hierve a golpe de puño bien cerrado. Los trabajadores del té se buscan y reclaman la mejora de unas condiciones que no llegan. Pero la publicidad del mimo con el que se recogen las hojas vende mucho más.

Paisajes de ensueño, realidad complicada

La belleza del paisaje en las montañas ruandesas llega a ser agotadora. Las curvas de las laderas se confunden con tonalidades diferentes de verde, amarillo y marrón. La humedad espesa y la actividad no cesa. En la lejanía se divisan centenares de personas que en fila de a uno descienden por caminos pedregosos con cestas de mimbre y sacos de rafia a la cabeza. El equilibrio es un concepto estético en estos lares.

Ulises Habyarimana es el responsable de una extensión de, aproximadamente, tres campos de fútbol y 500 personas. La universidad donde se ha formado, explica, ha sido la de la vida. Lleva una gorra color ceniza y parte de su función es “controlar que todos trabajen duro y rápido. Son las exigencias de los patrones. Es un trabajo fácil pero que requiere mucha concentración. No todas las hojas son válidas para el proceso de secado”, matiza mientras extrae el jugo del tallo de una planta de té. Su francés no es muy certero pero su dominio le distingue del resto de empleados que hablan exclusivamente el kinyaruanda, una lengua hablada por cerca de nueve millones de personas.

Bajo un sol traicionero e inmersos en el paisaje bucólico, los cultivadores de té trabajan sólo interrumpidos por las lluvias intermitentes, pero torrenciales, a media tarde. Rodeados de sanguijuelas y serpientes venenosas, el trabajo del cultivo del té exige una atención pormenorizada ya que los recolectores deben elegir sólo las hojas más verdes de cada brote y arrancarlas a ojo con la ayuda de una vara de madera que hace las funciones de niveladora. Con chancletas o con los pies descalzos, la ladera adquiere algo de humanidad.

Esta vara de nivelar se utiliza para mantener los campos de cultivo al mismo nivel. Cada trabajador tiene una y debe arrancar las hojas que quedan por encima. / Foto: Sebastián Ruiz.

 

El té, conjuntamente con el café y la horticultura, forma uno de los tres pilares de la exportación de Ruanda y ha sido clave en la reconstrucción del país después de los estragos de la década de 1990. Los primeros arbustos de té se plantaron en la década de 1950 y con varios altibajos la devastación delgenocidio de 1994 afectó de igual forma a esta industria que no se pudo recuperar hasta finales de la década. Según la información delNational Agricultural Export Development Board, en el año 2000 la producción anual alcanzó las 14.500 toneladas y actualmente las cifras rondan las 23.000 toneladas por año gracias principalmente a los pequeños agricultores que producen un 65% del total.

Las casas de adobe donde viven los trabajadores se divisan desde el suelo. Sin agua potable ni electricidad, lo que significa que las cocinas de carbón se convierten en la principal fuente de luz y calefacción que en estas viviendas mal ventiladas tienen un potencial nocivo para el contagio de enfermedades respiratorias. Casi sin excepción, las empresas propietarias de las plantaciones de té son también dueñas de los asentamientos donde residen los trabajadores, es decir, trabajar a cambio de un frágil derecho a la vivienda.

Pero el té sigue siendo un producto de oro para los esforzados ruandeses del Pfunda Tea State. Jean Pierre Makuza e Ingrid Bigirumwami están casados desde hace 11 años. Llevan trabajando en la misma ladera desde hace seis, cuando decidieron probar suerte con la recolección de esta planta. Responden a las preguntas traducidas por Ulises. “Estamos destrozados. No tenemos a penas energía para seguir haciendo este trabajo pero ¿qué podemos hacer? Trabajamos casi 12 horas por 30 euros al mes” (En Ruanda no hay salario mínimo estipulado pero rondan entre los 180 a 500 euros por unas 60 horas a la semana), subraya Jean Pierre, exhausto, mientras no cesa en su empeño de rellenar la cesta de mimbre hasta arriba. Cuando se llena, el botín es pesado en unas básculas que cuelgan de un cobertizo con techo de zinc donde se apilan los sacos hasta ser transportados a la fábrica de procesamiento en la parte superior del valle. Allí, una seguridad privada armada custodia que los camiones no tengan ningún impedimento.

A escasos cuatro metros, Nadiga y Muteteli recorren los pasillos arrancando las hojas grandes, tirándolas y buscando las más pequeñas y tiernas. Éstas las echan en el saco que llevan a la espalda con una rapidez automatizada. Una de ellas, Nadiga, de media altura y complexión atlética envuelta en una tela azul añil, susurra una melodía cargada de melancolía. No es para menos. En la temporada alta el cupo de estos trabajadores es de 23 kilogramos al día. “Teniendo en cuenta que en una hora pueden llegar a recolectar a penas un kilogramo y medio… Más deprisa. Más y mas”, matiza Ulises que sonríe y aprovecha para informar que la prensa no es bien recibida aquí. “Tú tiempo se ha acabado”, sentencia.

Trabajo infantil entre infusiones

Una trabajadora posa ante la cámara mientras hace un parón de escasos dos minutos para aliviar el peso de su espalda. / Foto: Sebastián Ruiz

Una trabajadora posa ante la cámara mientras hace un parón de escasos dos minutos para aliviar el peso de su espalda. / Foto: Sebastián Ruiz

La incomodidad de Ulises se ha incrementado tras las preguntas relacionadas con el trabajo infantil. La plantación se encuentra salpicada de niños como Sthephane que, con ocho años, carga con la responsabilidad de 15 kilogramos para llevar un pequeño ingreso a su familia de cinco miembros. Situación parecida es la de Marie de 14 años que explica en francés que, cuando estaba en su primer año de la escuela de secundaria, tuvo que abandonarla para ayudar a su familia a ganar algo de dinero.

Además del trabajo infantil en las grandes plantaciones, otro de los desafíos a los que se enfrenta el país es la eliminación de la mano de obra infantil en las granjas familiares que cultivan el té. Los datos del Instituto Nacional de Estadísticas de Ruanda muestran que unos cinco millones del total de la población del país son menores de 18 años de edad (alrededor de 49.6%). La misma encuesta reveló que 110.742 niños de entre 6 y 17 años estaban trabajando en el sector de la agricultura que emplearía a la mayoría de ellos (40,8%).

Frente a esta desolación sistémica, y aunque parece no ser la solución, la segunda fase del proyectoEducación Alternativa para los Niños de Ruanda en Áreas de Cultivo de Té (REACH-T) se ha propuesto cambiar el panorama para el periodo 2014-2017. Las múltiples aristas de la pobreza amenazan la educación infantil, por este motivo, Lamec Nambajimana, el director del proyecto, insiste en recalcar que REACH-T “ayudará a un total de 4.090 niños en o en riesgo de trabajo infantil para inscribirse en las escuelas. Además se proporcionará a 1.320 hogares vulnerables otros medios de generación de ingresos para reducir la dependencia sobre el trabajo infantil”. La primera fase se inició en 2009 y finalizó en marzo de 2013, con 8.500 beneficiarios y poniendo fin a todas las formas de trabajo infantil de siete distritos.

La invisibilidad de las difíciles condiciones de vida de los trabajadores forman parte de una reflexión necesaria tras dejar infusionar la bolsita de té esos tres a cinco minutos de rigor en cualquier cafetería europea. Históricamente, los bajos precios del mercado han propiciado que en el otro extremo de la cadena de consumo la vida se haga insostenible y encapsulen un ciclo de pobreza y privaciones. La FAO en 2012 dio pasos importantes para proteger y contrarrestar estas condiciones. Mientras, la hora del té seguirá marcando una pauta en ocasiones perversa pero ineludible de la responsabilidad de las grandes multinacionales y los gobiernos que pueden aplicar leyes más justas para la población.

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La resistencia del Nilo Azul gana en Toronto

Fotograma de la película "Beats of the Antonov", del director sudanés Hajooj Kuka.

Fotograma de la película “Beats of the Antonov”, del director sudanés Hajooj Kuka.

Vivir en un estado aparentemente perpetuo de guerra civil. Y entre vida y vida, la música como instrumento para hablar con el alma, alterar el estado de ánimo y encapsular el tiempo opresor. Para los agricultores y pastores sudaneses, y los rebeldes que residen en las regiones del Nilo Azul y las Montañas Nuba, la música significa mucho más. Sirve como un símbolo de su patrimonio y como una herramienta para mantener a las personas despiertas el tiempo suficiente, como atalayas vigías, para detectar a los bombarderos Antonov de fabricación rusa que descienden sobre ellos día y noche. Esta es la historia del documental Beats of the Antonov, del director Hajooj Kuka, que ha sido recientemente premiado por el público en la 39ª edición del Festival Internacional de Cine de Toronto (TIFF), como el mejor documental.

Beats of the Antonov se construye de forma elegante hilando con suma delicadeza un mensaje político y de esperanza por la paz que sucumbe bajo la música y las risas de los primeros minutos. El trabajo de Kuka bebe de fuentes casi antropológicas para mostrar el día a día de las personas que esquivan la codicia de las bombas que caen del cielo. La irracionalidad de la situación y el horror con el que el director interpela al espectador hace que la propia butaca se quede sin aliento. Y el directo, sin trucos, el documental de cámara al hombro, muestra cómo los habitantes de estas tierras se ponen a cubierto en unas zanjas medio improvisadas. Ansiedad. Falta lenguaje. Pero la cantidad de dolor o sufrimiento por estos proyectiles cobardes queda aparcada cuando estas personas salen de los refugios con una sonrisa: la suerte de no haber sido afectados. Esta vez.

Es entonces, cuando suena la música de la rababa (un instrumento de cuerda casero). La escena es irrepetible para la pupila de un espectador normalmente ataviado de seguridad, ya que el desconcierto por el estruendo del estallido segundos antes, se difumina con la algarabía de cantos y bailes que durarán todo el día y toda la noche… Hasta el siguiente Antonov cargado de muerte. El trabajo de Kuka, producido por el reconocido sudafricano Steven Markovitz, reseña la capacidad de resistencia, la cultura, y la fuerza de estos habitantes de las montañas en Sudán, pero sobre todo, su lucha por mantener la identidad: sus raíces africanas frente a un gobierno que los está empujando a adoptar un estilo de vida más arabizado.

Kuka representa exquisitamente en su ópera prima las numerosas ramificaciones que plantea el conflicto como: el racismo por el color oscuro de la piel en comparación con la mayoría de egipcios y libios; o la importancia de poder hablar la lengua árabe en Sudán para tener más posibilidades de obtener una educación decente y ascender en la sociedad. Un racismo creciente que provoca marginación hacia los sudaneses no árabes.

Entre las duras imágenes de la guerra y la pobreza, el joven director sudanés encuentra inspiración en la música, considerada como una droga que evade y que quita el dolor de la vida por unos momentos. Y es a través de los ritmos infecciosos de instrumentos como la rababa que el pueblo se une. Sin embargo, lejos de ser un documental victimista, Kuka ofrece espacios para la reflexión y la esperanza como son las entrevistas con los campesinos, intelectuales o músicos locales que se niegan a renunciar a la paz. Así que la música y la danza, que han sido una parte tradicional de sus vidas, ahora adquiere un nuevo significado de desafío.

Quizás, como punto disonante, sea interesante mencionar la falta de crítica histórica del director sobre el porqué de la situación actual así como la necesidad de citar a algunos de sus culpables. La propia organización Amnistía Internacional denunciaba en 2011, a escasas semanas de la formación del nuevo estado de Sudán del Sur, que “China, Rusia y Estados Unidos son algunos de los Estados que han suministrado armas o adiestramiento militar a las Fuerzas Armadas de Sudán, así como al Ejército de Liberación Popular de Sudán”. Pero el mérito de Kuba es otro. Su documental se ha ganado al público de Toronto mostrando la resistencia del Nilo Azul.

 

 

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Toronto (TIFF), una historia de cines africanos

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Aquí, en la Península, el eco de las noticias sobre los festivales de cine se concentra en el tridente Berlinale, Venecia y Cannes. Desde el otro lado del charco, Sundance (cuna del cine independiente) y la gala de los Oscar mueven a profanos del séptimo arte a mirar los ranking, nominados y, también, los últimos gritos en la moda de la esfera cultural. Pero septiembre deja huella en otro encuentro anual, quizás el festival más importante en el conjunto de América del Norte e igualado en importancia con Cannes: el Festival Internacional de Cine de Toronto (TIFF), en Canadá. Este año del 4 hasta el 14 septiembre.

Esta cita es considerada como una de las paradas serias antes de los Oscar y puede proporcionar algunas pistas de por dónde irán los tiros en los premios que cada febrero otorga la academia norteamericana. Pero además es el único festival (teniendo en cuenta el peso e importancia) donde no hay ni jurado ni reglas de competencia y donde los premios los decide la audiencia, más allá de los galardones especiales otorgados por la crítica o las diferentes organizaciones que se dan cinta en el TIFF. Así que desde 1976, Toronto sigue presumiendo del lema del que hicieron gala sus fundadores William Marshall, Henk van der Kolk y Dusty Cohl, “un festival de festivales”.

El programa de este año tiene una clara presencia de cines africanos así que os dejamos la lista para que le sigáis de cerca la pista a estos realizadores.. En primer lugar, tres de los títulos favoritos de este 2014: Timbuktu, del mauritano Abderrahmane Sissako (Sección Master). Esta película fue presentada en Cannes 2014 como la única película africana en competición y recibió la distinción del Premio del Jurado Ecuménico y el Premio François Chalais. La película también ha sido presentada en el Festival de Cine de Sydney en 2014. Timbuktu es una ficción basada en hechos reales para la cual Sissako se inspiró en la pequeña ciudad de Aguelhok, en Malí, en julio de 2012, donde una pareja de unos treinta años fue apedreada en público por haber tenido hijos fuera del matrimonio. Las otras películas con opciones son Run, del franco-marfileño Philippe Lacôte (sección Discovery) y el documental Examen d’état, del congolés Dieudo Hamadi (sección TIFF Docs) que fue premiada en el Festival Cinéma du Réel de Paris 2014 con los premios de la Scam y de los editores.

En la sección cortometrajes encontramos The Goat, del sudafricano John Trengove (Programa Internacional de Cortometrajes 5), presentada en la sección Generation de la Berlinale 2014 y Chop My Money, un viaje por la República Democrática del Congo (RDC) dirigido por el cineasta estadounidense Theo Anthony (Programa Internacional de Cortometrajes 1). Especial atención mostraremos a la reacción del público con las cuatro películas de la colección Stories Of Our Lives, sobre la represión de la homosexualidad en Kenia, producidas por el sudafricano Steven Markovitz (sección Discovery). Del mismo modo, el documental Beats of the Antonov del reportero de guerra sudanés Hajooj Kuka, y también producido por Steven Markovitz, presentarán al país en el escenario internacional de una forma poco habitual: sones de guerra y día a día mezclado con la cultura local.

Finalmente se podrán visionar placeres como los largometrajes Impunity, del sudafricano Jioyi Mistri (sección Contemporary World Cinema), The Narrow Frame of Midnight, de la marroquí-iraquí Tala Hadid y la película senegalesa Une simple parole de las hermanas Khady and Mariama Sylla. Lamentablemente esta fue la última película de Khady Sylla que murió en octubre 2013 (sección Wavelengths). Antes de su fallecimiento, Lhady dirigió Une fenêtre ouverte, en 2005, y Colobane Express, en 2006.

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Framed, otras gafas con las que mirar a África

Una imagen de la película

Una imagen de la película que muestra un libro de viajes donde una modelo es fotografiada en una comunidad de masais en Kenia.

Si se trata del espectáculo de ver como los escombros, la pobreza, las guerras y la salvedad de las enfermedades presentan al continente africano, tanto en Wiriko, como desde otros colectivos que trabajan por desestereotipar estos discursos en español (Afribuku, África no es un país, el Centre d’Estudis Africans de Barcelona o el Festival de Cine Africano de Córdoba) estamos vacunados. Pero el estado de alerta está presente. Siempre y sin remedio. Y más cuando desde hace unos meses las noticias que llegan desde los medios de comunicación tienen como máximo denominador palabras como ébola, prevenir, misioneros, aislar, refugiados, inmigración o pateras. Algunas son clásicas. Otras irrumpen con fuerza para desestabilizar cualquier intento de mostrar, también, la otra cara de los países africanos que pocas veces se muestra. Y claro, la pregunta (una de tantas) podría ser: ¿cuánto cuesta mediatizar el dolor? ¿Cuál es el precio de mostrar con un gran angular la miseria de la indefensión?

Quizás la respuesta, y sirva como un “noejemplo”, la tengan en Mediaset que desde ayer emite en Telecinco un reconocido programa de “asuntos varios” por la mañana (llamados magacines matinales) y que presenta Ana Rosa Quintana desde un barrio en Gaza. La brusquedad del espectáculo de ver que mientras las ruinas ceden pequeñas grietas de esperanza renovada a los gazatíes que reconstruyen la nada, se intercala con asuntos de prensa rosa es indescriptible. La banalización de la vida y la muerte de la cordura podría ser el título del programa.

En la imagen, Boniface Mwagui, periodista y activista keniano fundador de PAWA254.

En la imagen, Boniface Mwagui, periodista y activista keniano fundador de PAWA254.

Es algo parecido a lo que desde hace un siglo nos tiene acostumbrados la industria de Hollywood cuando enseña su visión sobre África, a la literatura de aventuras que ha buceado en la abundancia de las imperfecciones y clichés al describir culturas y países africanos o a ciertas campañas publicitarias de instituciones y fundaciones de renombre internacional que siguen mostrando una imagen muy determinada del continente. Sólo por recordar: 54 países, unos 1.000 millones de personas, más de 30 millones de kilómetros cuadrados, más de 2.000 lenguas… Pero nuestro contenedor de conceptos, que acrecientan el miedo cuando hablamos de África, se sigue reconociendo en la información que consumimos.

Siguen siendo necesarias narraciones que nos permitan acercarnos a lo que pasa en tantas escuelas africanas, a sus bodas, a sus programas de televisión, a sus parodias políticas, a sus bromas e ironías, a los cotilleos de alcoba familiares, a sus sueños. Después tendríamos que dejar que fluyeran las (estas) imágenes. Y quizás la venta del sufrimiento para su consumo quedaría aparcada con el letrero: fin de existencias.

Desde el continente, precisamente, llega el documental Framed, dirigido por la directora Cassandra Herman y el antropólogo sudafricano Kathryn Mathers, que explora las imágenes y los mitos que provocan que África sea vendida como víctima. Framed pretende mostrar las representaciones populares de África y los africanos que se tienen en Occidente (especialmente en EE.UU.) a través de tres protagonistas: el periodista y activista keniano Boniface Mwangi, fundador de PAWA254; el escritor y también keniano Binyavanga Wainaina; y el educador sudafricano Zine Magubane. Reconociendo que la gente quiere “hacer el bien en África”, el documental plantea preguntas acerca de los privilegios, el poder y la mala representación que surge de la relación de ayuda.

Framed es una historia visual que intenta deconstruir el concepto de África como un lugar de necesidad y de esperanza. Un trabajo que les ha llevado a sus directores 10 años de investigación. Pero es complicado de pensar. ¿Cómo cambiar estas imágenes? Imágenes que a veces tienen más poder y autoridad que los popios protagonistas. Un encuentro entre África y Occidente que cuestiona y nos hace reflexionar sobre conceptos como “salvar” y “salvados”. Porque ¿quién es realmente el que se beneficia de nuestra “caridad” en África? ¿Es el africano que aparece en la última campaña solidaria pidiendo comida? O, ¿es el occidental valiente que en la parte superior de un camión ayuda a bajar sacos de arroz mientras recibe aplausos de la comunidad internacional? Las respuestas no son nunca dicotómicas por lo que el debate quedará servido. Próximamente en las pantallas… Y dará que hablar.

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Newz Beat: el hip-hop ugandés o la CNN del gueto

Parte del equipo del programa de radio Newz Beat.

Uganda: el país más joven del mundo, con un 78% de la población menor de 30 años. Entre ellos, ocho de cada diez están en paro. ¿Y si se utilizara el rap como elemento cohesionador? ¿y si la música fuera un recurso habitual y se interpelara directamente al espectador? “Y ¿por qué no?”, responden en un acto de fe los jóvenes raperos ugandeses presentadores de Newz Beat, el nuevo espacio informativo de los fines de semana en la televisión NTV.

Solo tienen cinco minutos de atril pero es más que suficiente para posicionar al hip-hop como “el mejor medio para hacer frente a las noticias sin restricciones, pero también sin problemas. Podemos mezclar la sátira, la ironía y, a veces, incluso un poco de sarcasmo envolviendo las noticias en un flujo moderno de palabras. Podemos tratar las noticias tristes con un poco de humor y podemos abordar ciertos temas con más facilidad que si se hubiera dictado en formato de noticias convencional”, explican. Y como declaración de intenciones nada mejor que acudir a las vacas sagradas del género: “Siempre tenemos presente la cita de Chuck D –rapero estadounidense y principal vocalista y letrista del grupo Public Enemy– quien solía decir que el hip-hop es la CNN del gueto. ¡Y de ahí es donde venimos: desde el estudio a la calle y de vuelta!”.

Un total de ocho miembros forman el equipo de Newz Beat entre el director, los productores de sonido y ejecutivo, el editor, el cámara y los tres presentadores procedentes de la escena musical y que ganan seguidores cada día: Kabuye Zoe alias MC Loy, la más joven del equipo; Bwogi Sharon como Lady Slyke y Daniel Kisekka como Survivor. Este triángulo que está replanteando la forma de presentar los informativos en Uganda ya han cumplido sus primeros diez programas.

Uno de los objetivos que tienen por bandera es el de acercar al espectador a las noticias con una voz diferente y utilizando un tipo de lenguaje más adecuado a los jóvenes como es el del hip-hop o el lugaflow (rap en el idioma luganda). El porqué de este foco quedaba reflejado en el Informe sobre el estado de la población de Uganda de 2013. El país tiene la población más joven del mundo, con más del 78% de su población por debajo de la edad de 30 años. Es decir, que cerca de ocho millones de jóvenes tienen edades comprendidas entre los 15 y los 30 años. Se trata, además de uno de los países con la tasa más alta de desempleo juvenil en el África al sur del Sáhara.

Por este motivo reivindican el hip-hop como canal de transmisión. “Son demasiadas las personas que sienten que no hay conexión entre ellos y las noticias, por eso, al presentar la información de una manera diferente, despiertan su atención y nosotros lo aprovechamos para exponer muchos temas importantes así como cuestiones de interés para nuestra sociedad. Además, al emitirse nuestro programa en el primer canal de Uganda (NTV), también estamos ayudando a hacer del hip-hop una forma más legítima de arte. Está provocando que artistas de la escena estén recibiendo ahora más respeto y consideración. Quizás pueda inspirar también a estos músicos a ser más conscientes con su mensaje en lugar de simplemente copiar las influencias exteriores”.

Otro de los objetivos que persiguen desde el programa Newz Beat es, quizás a pequeña escala, crear una nueva conciencia sobre el uso de la propia lengua de cada uno, al mismo tiempo que observar lo atrevido de hacer malabares con las palabras en formas inesperadas y dejando al margen la lengua colonial. “Aunque tenemos 52 idiomas en Uganda, el inglés es preferido como lengua vehicular a las lenguas indígenas. Sin embargo, el lugaflow sitúa al menos una lengua bajo el microscopio. Esperamos animar a otros a ser creativos en su lengua materna y no tanto con el inglés”.

Y de la idea a la práctica. Empezaron con tres episodios piloto para presentar a los diferentes canales de televisión hasta que finalmente el producto final ha quedado en cuatro programas cada fin de semana: dos veces el sábado y dos veces el domingo, tanto en Inglés como en luganda.

Parece que la época de tinieblas y anarquía durante la década de los setenta y principios de los ochenta bajo el dictador Idi Amín quedan muy lejos. Ni rastro de nostalgia. La transformación y liberalización vivida del sector de los medios de comunicación en Uganda comenzó a finales del 1980 tras la llegada al poder en 1986 del presidente Yoweri Museveni con su partido el Movimiento Nacional de Resistencia (NRM). Con Amín, se utilizaron los medios como una herramienta para la propaganda del gobierno. Ahora el colectivo Newz Beat busca conseguir un socio sólido que los pueda patrocinar en el futuro. “Aunque de momento, nos concentramos en la calidad y la coherencia”, sentencian.

El comodín del hip-hop como libertad de prensa

Hace un año, la policía nacional de Uganda tomaba las oficinas del Daily Mirror, el Red Pepper y dos estaciones de radio, Dembe FM y KFM, por haber publicado una carta filtrada en la que quedaba constancia de los planes del presidente Museveni: preparar a su hijo para la sucesión en las próximas elecciones en 2016. Además según el informe sobre la Libertad de prensa en Uganda en 2013 elaborado por la Red de Derechos Humanos para Periodistas de Uganda (HRNJ-Uganda), el año pasado se registraron un total de 124 ataques contra periodistas. Así, uno de los desafíos de Newz Beat es cómo afrontar las noticias delicadas. “Siempre tratamos de encontrar diferentes ángulos y tratamos de aportar un poco de perspectiva para el espectador en lugar de obstinarnos demasiado con los hechos”.

Uno de los ejemplos recientes ha sido la prohibición del uso de la minifalda por parte del Gobierno. “Realmente, con la noticia del uso o no de la minifalda, los medios de comunicación lo hicieron más grande de lo que realmente es. Nosotros casi lo convertimos más en una broma preguntándonos dónde encontraban el tiempo nuestros diputados para centrarse en estas cuestiones en lugar de focalizarse en los asuntos más urgentes, ¡que son muchos!. También subrayamos que la prohibición de la minifalda no da derecho al hombre a la violación y a contaminar nuestras hermanas y madres menores de cierta autoridad moral extraña. Necesitamos educación moral, no una autoridad moral”.

En esta tendencia desconcertante de loas a unos y correctivos a otros, el pasado febrero, el presidente Museveni firmaba una ley contra los homosexuales en la que dejaba explícito la prohibición de cualquier forma de relación sexual entre personas del mismo sexo así como la promoción o el reconocimiento de tales relaciones. Era la gota que faltaba. Desde Newz Beat señalaron que la influencia extranjera había puesto al presidente en un rincón y que el tema había girado de los derechos de los homosexuales a una cuestión de soberanía. “Primero trajeron la ley anti gay los británicos cuando llegaron a Uganda. Y ahora los americanos nos están diciendo que la quitemos. Sin embargo, ellos no procesan a los predicadores americanos que vienen aquí y defienden la pena de muerte para los homosexuales. No queremos hacer una división de la sociedad más grande, sino tratar de proporcionar un poco de sentido al debate y animar a la gente a pensar por sí misma y fuera de los márgenes establecidos”, matizan.

Al otro lado del continente las dinámicas son parecidas. En Senegal, una música eléctrica y punzante golpea al espectador cada semana: es el Journal Rappé. “Bienvenue, nous avons des nouvelles pour vous!“. Los raperos Xuman recitando en francésy Keyti en wolof informan a una mayoría del país, también joven, en su lenguaje musical y político: el hip-hop. Este año celebran ya su segunda temporada. Y desde Newz Beat le han seguido la pista a estas estrellas con perfil reivindicador y que se han metido a los jóvenes en el bolsillo. ¡Chapeau!

“Estos chicos son un gran ejemplo para nosotros. Leemos mucho acerca de su proceso de producción, comprobamos sus noticias en línea y esperamos establecer una relación con ellos. Realmente nos gustaría que noticias como ésta se extiendan y que otros países nos imiten. Esperamos que algún día conectemos a la comunidad hip-hop a nivel panafricano, compartamos nuestras inquietudes y nos inspiremos los unos de los otros”, apostillan los presentadores ugandeses.

 

 

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Tierra, agua y digital: la revolución del FESPACO

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¿Dónde has dicho que queda exactamente esa ciudad de nombre imprescindible para un trabalenguas castizo? ¿Comida de tierra, de oasis secos, de turbantes color añil? ¿Pero es que allí hacen cine? Todas tus preguntas se resumen en Uagadugú. ¿Uagaduqué? Que sí. Tú, sigue leyendo. Es la capital de Burkina Faso y por agregaduría del cine africano desde el año 1969. Allí se celebra cada dos años el Festival panafricano de cine y televisión, más conocido como FESPACO, que reúne a directores, actores, promotores, distribuidores y amantes del séptimo arte para presenciar la cita más importante de estas características que tiene lugar en África y para desestereotipar todo cuanto tiene que ver con las culturas africanas. Pasen y vean.

Aunque quizás el año 1969 quede subrayado por la llegada del hombre a la luna, por el festival hippie de Woodstock aderezado con sicodelia, mucho love y cannabis, o por la conexión Madrid-París en 13 horas con el TALGO, sea como sea, ya se saben las fechas para la 24 edición del FESPACO 2015: del 27 de febrero al 8 de marzo. Y las novedades que cambiarán por completo el panorama. ¿Nuevos tiempos para los cines africanos?

Al finalizar la 23ª edición en febrero de 2013 y con la todavía resaca de los premios de la academia norteamericana (Los Oscars), el propio delegado del FESPACO, Michel Ouedraogo, anunciaba que la competición por el premio Etalon de Yennengase abriría a películas digitales y que ya no estaría limitado a trabajos rodados en 35mm. “Debemos adaptarnos a las tecnologías de nuestro tiempo de las que se han apropiado un gran número de cineastas africanos”, explicaba.Pero además, para la próxima edición en 2015 se introducirá la opción de que películas de la diáspora africana puedan competir por el preciado premio.

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La apertura del prestigioso galardón africano a trabajos realizados con cámaras digitales se esperaba desde hacía varios años. Una realidad, más que una necesidad. Los costes de producción y posproducción se han abaratado con la posibilidad de establecer pequeños laboratorios “caseros” que otorgan unos resultados cinematográficos de primer orden. Además, la influencia de las antiguas metrópolis en el control del proceso de montaje era prácticamente absoluto, por lo que desde hace una década aproximadamente, la posibilidad de hacer cine se ha democratizado. Y ejemplos son la reconocida industria nigeriana (Nollywood), la ugandesa (Ugawood) o la que se está estableciendo en la costa este africana (Swahiliwood).

Pero las salas de cines en África están, cuando no vacías, en proceso de demolición o sucumbidas a los súper poderes del negocio infalible de palomitas-refresco-película de acción/comedia realizada en Hollywood. Porque sí. El proceso de globalización cultural es una realidad y el control de unos pocos sobre el tridente producción-distribución-exhibición ha traspasado unas fronteras porosas como son las de las audiencias y los gustos. La simultaneidad de las masas asusta. Aturde. Así que el FESPACO del próximo año hará gala del eslogan capitalista de renovarse o morir. O sucumbir que es parecido. Siempre quedará el cine de autor de los padres de las cinematografías africanas o de los directores que son agasajados en Cannes, la Berlinale o Sundance. ¿Pero qué ocurre con el público de casa?

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Uno de los incentivos para participar en la 24ª edición del FESPACO será el incremento de la cuantía por ganar el Etalon de Yennenga que ha pasado de 10 millones a 20 millones de CFA (unos 30.400€). “Un reconocimiento que no es generosidad.Se trata principalmente del apoyo otorgado por el Gobierno de Burkina Faso al trabajo de los diseñadores africanos participantes en FESPACO”, explica en la web oficial del festival Ouedraogo.

Más apoyo a los realizadores locales, más políticas de protección a las películas nacionales para poder ser proyectadas a sus audiencias locales, más inversión en escuelas de formación. Temáticas que continúan en el candelero de los profesionales africanos que se dedican a la industria cinematográfica. Un sector que mueve mucho dinero además de crear puestos de trabajo. Quizás, la decisión del digital en el FESPACO 2015 haga abrir los ojos a otros gobiernos del continente.

*Artículo publicado en colaboración con el blog VOCES

 

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La brecha del genocidio: una década del festival de cine de Ruanda

Fotograma de la película 'Kinyarwanda' dirijida por Alrick Brown.

Fotograma de la película ‘Kinyarwanda’ dirijida por Alrick Brown.

Con un sobrecogedor silencio se recuerda en muchas partes de Ruanda el final del desgarro de vida que asoló al país en 1994. Entonces se recriminaba la no acción de una comunidad internacional que debatía sobre el propio concepto de unidad para frenar la ola de odio y que se terminó ahogando antes de llegar a la praxis. 800.000 almas perecieron. Pero, una vez más, hubo que mirar al sur para aprender, o mejor, para recordar. Más allá del Tribunal Penal Internacional para Ruanda, que tiene su base en Arusha (Tanzania), las cortes populares distribuidas en los pueblos han logrado progresivamente pronunciarse sobre un millón y medio de casos: juzgar al prójimo y perdonar… Así, esta lección de humanidad y solidaridad (léase memoria histórica), a veces impuesta, cumplía 20 años hace unas semanas.

Hoy, Ruanda tiene 11 millones de habitantes, con un índice de pobreza que ha bajado un 25% y con objetivo a largo plazo de convertirse en 2020 en un país de ingresos medios pasando de una economía esencialmente agrícola a una de servicios. También tiene sombras. Sí. Pero ha conseguido que su industria cinematográfica o Hillywood y, en especial el Festival de Cine de Ruanda (RFF) que se está celebrando en estos días (12-18 de julio), no solo se haya consolidado como el más importante evento cultural del país, sino también como uno de los más prestigiosos festivales de África. La tradición continúa este año con la décima edición de RFF formado por un equipo de 15 personas. Siete días donde un total de 62 películas (23 de ficción, 13 documentales y 26 cortometrajes) deleitarán a los ruandeses. Con estas palabras lo describe el director ruandés Eric Kabera: “El desarrollo del Festival de Cine de Ruanda y la industria del cine está creciendo a un ritmo muy rápido. Nuestro décimo aniversario marca una década de este desarrollo”.

logo_Rwanda_FilmFest_RFFKabera asegura que los jóvenes son el futuro: “Nuestro festival de cine Hillywood ha impactado a muchos de nuestros jóvenes cineastas locales y a la comunidad por tener la confianza de la capacidad de compartir la historia de Ruanda a nivel local como internacional. Con ello, Ruanda está ahora definiéndose a sí misma, a su propia identidad, su historia y su perspectiva de futuro. Y el cine ha jugado un papel importante en todo esto”, explica el director en una entrevista a Wiriko. En este sentido, por el premio Silverback de este año competirán seis cortometrajes nacionales que serán seleccionados por Guido Huysman (director del Afrika Filmfestival), Vanessa dos Santos y Gatete Thierry: Akaliza Keza, Crossing Lines, Impano Izira, The Invincible, Kanyambo y Mageraere.

El lema de este año es “Reflexión” coincidiendo con festividades redondas como el 20 aniversario de la conmemoración del genocidio o los 10 años del nacimiento de este festival, motivo por el cual, las películas seleccionadas para este año representan una variedad de estilos cinematográficos y contextos culturales enmarcados en tres secciones. La primera de ellas es la “Retrospectiva sobre Ruanda”, una reflexión sobre cómo el pasado continúa afectándonos hoy en día. La segunda sección de la programación es “Reflexión sobre las Culturas del Mundo”, en la que queda de manifiesto las alianzas que el festival ha establecido con otros países. De hecho, el país invitado de este año es China, una expresión cultural que cierra la cuadratura del círculo con los acuerdos estratégicos que ha firmado en los últimos años Ruanda con el gigante asiático. En este sentido, cobra relevancia el espacio a la última película del realizador Wong Karwai, El Gran Maestro (2013), que abrió la edición de 2013 de la Berlinale. La última de las secciones se titula “Reflexión sobre los jóvenes en movimiento”.

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Fotograma de la película china (país invitado del RFF) “American Dreams in China”, dirigida por Peter Chan.

Pero quizás uno de los platos fuertes del festival sea el cine itinerante por las colinas ruandesas. La sección en su mayoría cuenta con talentos locales: el 90 por ciento de todas las películas que se exhiben se hacen en la lengua kinyarwanda, lo que permite llegar a los ruandeses en todas partes y con la garantía de el mensaje es claro. Según afirman los propios organizadores “Cada día de Hillywood es artística y moralmente gratificante. La mayoría de los que disfrutan de nuestras proyecciones al aire libre nunca han visto una película hecha en kinyarwanda por cineastas y actores locales de Ruanda”. Como sentencia Kabera: “El cine es una herramienta muy fuerte de desarrollo y también de mecanismo de consolidación de la paz, para Ruanda y esto es tan importante como cualquier otro elemento de nuestro desarrollo humano”.

La película de apertura del festival fue la dirigida por el ruandés y reconocido cineasta Eric Kabera, Intore (2014). Un trabajo que narra la historia del genocidio de 1994 contra los tutsis y la recuperación lenta que sufrió el país. A través de la música del país, la danza y entrevistas sinceras, Kabera teje una narración de un triunfo notable. La película incluye entrevistas con los mejores bailarines y músicos de Ruanda, incluyendo al cantante Cornelius Nyungura, conocido por su nombre artístico Corneille, que no ha regresado al país desde el genocidio. Para este viernes 18, la película que cerrará esta décima edición del RFF será Mandela: Long Walk to Freedom (2013), dirigida por Justin Chadwick. La película cuenta con el papel de Idris Elba (12 años de esclavitud, Half of a yellow sun) como Mandela. La particularidad es que coincidirá con la fecha del aniversario del recién desaparecido líder sudafricano.

Más información aquí.

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Aline Frazão, “Tanto”.

La cantante Aline Frazão, natural de Luanda (Angola), interpreta una versión acústica de su tema “Tanto”. Más información en Wiriko: http://www.wiriko.org/africa-diaspora/frazao-luanda-es-para-mi-lo-que-nueva-york-para-woody-allen/

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